Un libro

Víctimas (25 de abril de 2015)

“Ha muerto un profesor, pero hay una gran víctima, que es el niño”. Parece ser que esto ha declarado Irene Rigau, consejera de educación, en relación a la tragedia del instituto Joan Fuster de la semana pasada. La conjunción adversativa no deja mucho margen a la interpretación: el profesor ha muerto, pero no es una víctima.
La consejera Rigau podría haber dicho algo diferente. Por ejemplo, “ha muerto un profesor y hay otra víctima, que es el niño”. ¡Lo que cambiaría sustituir un “pero” por un “y”!
Otra posibilidad: “ha muerto un profesor mientras intentaba ayudar a una compañera y proteger al resto de los alumnos; y, además, hay otra víctima, que es el niño”, Así hubiera resaltado la abnegación del docente y su indudable mérito al haber acudido donde estaba o podía estar el peligro en vez de huir.
Llegados aquí, qué menos que profundizar en la idea y explicar que el profesor fallecido es ejemplo de la abnegación pocas veces reconocida de quienes día a día no solamente intentan enseñar sino también formar a nuestros niños y adolescentes pese al desprestigio social, lo escaso de la remuneración de los interinos –como era el fallecido- y la reducción de medios que se padece desde hace años. Dicho esto, añadiría que de todas formas el niño también era un víctima.
Nada le impedía haberlo dicho, pero prefirió dejar las cosas claras: los profesores no cuentan, ni siquiera cuando mueren en su centro docente yendo más allá del cumplimiento de sus obligaciones laborales. Pueden morir, pero no son víctimas. En el sueldo no solamente van las horas de trabajo, sino aguantar lo que les echen, morirse si es preciso y hacerlo sin llamar la atención, sin esperar el reconocimiento que nunca llegará.

¿Qué han hecho los docentes para merecer semejante desprecio?

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