Un libro

sábado, 24 de junio de 2017

New York Times

El New York Times nos explica que tiene la solución para el desafío secesionista en Cataluña.



En un editorial sostiene que lo mejor sería dejar que se celebrara el referéndum de secesión (que perderían los partidarios de la independencia, según el periódico) y buscar soluciones políticas en vez de recurrir a los mecanismos judiciales.
El editorial es un despropósito que parece redactado por secesionistas o taimados o descerebrados e incluye no pocas afirmaciones que son puras tergiversaciones, no sé si debidas a la ignorancia o al deliberado propósito de defender la causa separatista.
Así -y no seré exhaustivo- el editorial comienza indicando que la actitud de dureza de "España" ante los líderes catalanes probablemente ha incrementado el apoyo del que gozan estos últimos, y un par de párrafos más adelante vincula el proceso contra Artur Mas y otros consejeros de la Generalitat por haber organizado el 9-N de 2014, con las manifestaciones de septiembre pasado en las que, según dice el "New York Times", cientos de miles de catalanes salieron a la calle a pedir que sus políticos continuaran con el proceso secesionista.
El New York Times oculta, sin embargo, que las manifestaciones de septiembre de 2016 supusieron un retroceso, reconocido por todos, incluidos los independentistas, respecto a las manifestaciones equivalentes de años anteriores. Si en 2015 medio millón de personas participaron en la concentración de la Meridiana, en 2016 fueron menos de 300.000 las que se reunieron en las diferentes convocatorias realizadas por la ANC. Si los procesos abiertos contra Mas y sus cómplices indican algo en relación a la participación en estas concentraciones es que hace disminuir el número de asistentes, no otra cosa.
A continuación, y tras recordar la corrupción en el Gobierno español sin hacer ninguna referencia a la corrupción protagonizada por los gobiernos secesionistas, y que el Gobierno de Rajoy acababa de superar una moción de censura (como si fuera algo negativo para el gobierno superar una de esas mociones) indica la conveniencia de entablar negociaciones políticas para superar una situación en la que da por sentado que hay un trato injusto "a Cataluña", y para ello aporta unas cifras que podrían ser -y deberían ser- objeto de matizaciones en un medio neutral como se supone que debería ser el "New York Times".
Dice el "New York Times" que Cataluña aporta casi la quinta parte del PIB español (lo que es verdad,  el PIB catalán es aproximadamente un 19% del conjunto del PIB español), pero que la región recibe tan solo un 9,5% del presupuesto nacional. ¿A qué se refiere el "New York Times" con ese 9,5%? No lo aclara, pero diría que se refiere a lo que resulta de proyectar sobre el conjunto del gasto público en España (unos 472.000 millones de euros en 2016) el método de cálculo de las balanzas fiscales preferido por la Generalitat, aquel que solamente contabiliza como inversión pública en Cataluña lo que físicamente está en Cataluña, lo que deja fuera, por ejemplo, todo el gasto en Defensa que no se traduzca en la presencia de instalaciones en Cataluña o todo el gasto en política exterior que tampoco tenga una traducción física en Cataluña. Por otra parte, el New York Times olvida también que el peso en el conjunto de España de la población de Cataluña no es el 19%, sino el 16% y que, tal como sucede en todos los países, las regiones con una renta per cápita superior a la media nacional tienen un déficit fiscal respecto al conjunto del país, sin que Cataluña suponga una situación excepcional ni en España (la situación de Madrid, por ejemplo, con una renta per cápita superior a la de Cataluña es también la de un déficit fiscal mayor que el catalán).



Resulta lamentable, también, que pretenda que las acusaciones (y condenas) contra Artur Mas, Francesc Homs, Joana Ortega e Irene Rigau sean por "pedir mayor autonomía" cuando debería ser consciente el "New York Times" de que las condenas son por desobedecer órdenes judiciales y poner el poder público al servicio de un propósito ilegal; algo que ni en España ni en ningún país de la Unión Europea ni, imagino, en Estados Unidos es admisible, tal como recordaba hace poco la Comisión de Venecia del Consejo de Europa. Por otra parte, mezclar, como hace el "New York Times" iniciativas gubernamentales y judiciales muestra que no tiene excesivamente claro que en España rige la separación de poderes y que no es optativo para fiscales o tribunales dejar de condenar a quien incumple la ley. Sorprende que elementos tan básicos del sistema político y jurídico del país al que se refiere el artículo no sean considerados.

En definitiva, un artículo que, como decía, parece escrito por secesionistas y que concluye con una conclusión que debería sorprender a cualquier persona medianamente informada: plantea como mejor opción -tal como adelantaba- el permitir la convocatoria de un referéndum de secesión, y pone como ejemplos el caso escocés y quebequés, lugares en los que, como todo el mundo debería saber, la convocatoria del referéndum no ha supuesto ninguna solución, puesto que en Quebec este referéndum se repitió (siempre se ha de repetir hasta que salga lo que quieren los secesionistas) y en Escocia los nacionalistas que pretendían que el referéndum de 2014 sería la solución para una generación no han cesado de amenazar con la celebración de un nuevo referéndum.
Más allá de esto, está reciente la experiencia del Bréxit, que muestra cómo los referéndums son una herramienta que ha de ser considerada con mucho cuidado, pues en las sociedades complejas los problemas también son complejos y las disyuntivas "si"/"no" lo que hacen es enmascarar los conflictos subyacentes y sus vías de solución. Finalmente, ninguna reflexión tampoco al hecho de que en España, al igual que en la inmensa mayoría de los países (Estados Unidos incluido) no existe ningún derecho de secesión y que el hecho de que todos los españoles formemos una sola comunidad política impide que sin el acuerdo de todos una parte pueda decidir privar al conjunto de los ciudadanos de los derechos que ahora disfrutan en Cataluña.

Por todo lo anterior el editorial del "New York Times" es preocupante; pero lo es más todavía por lo que no dice. El periódico norteamericano se detiene tan solo en la voluntad secesionista, pero no en la situación que se vive actualmente en Cataluña. Ninguna referencia, como ya he dicho, a la corrupción de los gobiernos nacionalistas, ninguna referencia tampoco a los déficits democráticos en Cataluña, déficits que el "New York Times" me consta que conoce.
Hace algo más de un mes publiqué un artículo en el "New York Times" sobre la situación en Cataluña. Había enviado el texto meses antes, preocupado porque en el diario norteamericano no estuviese presente más que la visión de los nacionalistas. Tras meses de intercambio con los editores del New York Times finalmente aceptaron el texto, lo que supuso que este fuera remitido a un equipo que lo estudio y me pidió abundantes aclaraciones y evidencias prácticamente sobre cada frase del artículo; desde la afirmación de que los catalanes habían participado en la elaboración de la Constitución de Cádiz hasta las pruebas que tenía de que la Generalitat estaba dedicando recursos públicos a la secesión o contactando con gobiernos extranjeros para lograr su apoyo. En el curso de esta "examen" (que no sé si pasaría su propio editorial u otros artículos publicados en apoyo del nacionalismo catalán) les envié el texto en inglés del primer informe sobre déficits democráticos en Cataluña. Allí se ponen ejemplos de adoctrinamiento en las escuelas, acoso a las familias, vulneración de la normativa electoral por parte de los ayuntamientos y utilización de recursos públicos para fines ilegales.
El "New York Times" tiene toda esa información, pero no parece importarle. Quizás se acoge a ese antiguo principio de acuerdo con el cual los derechos y libertades individuales tan solo son para los propios ciudadanos, mientras que al resto nos conformamos con etiquetarlos en función de pretendidas pertenencias a unos u otros grupos nacionales o étnicos. Wilson revivido.



Siento decirlo, pero ¡qué mal entiende la democracia el New York Times!

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