New York Times

domingo, 24 de marzo de 2013

La tendencia de Ferrari a hacer cosas raras

Es curioso lo de Ferrari: cuando tienen un coche decente les da por hacer cosas raras. Es una historia que se repite y repite, y además siempre esta carrera hacia el abismo comienza en Malasia. En el año 2009, cuando Kimi Raikkonen corría para ellos, le pusieron en Malasia neumáticos de lluvia extrema bajo un sol de justicia porque se pensaban que eran más listos que nadie y que el diluvio universal iba a caer sobre Sepang. El resto de equipos miraban con incredulidad el cielo azul y cómo los neumáticos del finlandés se destrozaban en un santiamén (lo comenté entonces aquí). Aquel año acabó ganando el mundial Jenson Button con su maravilloso Brawn del difusor mágico. En el año 2010, aquél en el que Alonso podría haber sido campeón, cuando Fernando era primero en el campeonato y Massa segundo, justamente en la carrera de Malasia cometieron el primer error grave del año (puede leerse el comentario en la entrada de este blog del 4 de abril de 2010 titulada precisamente "Ferrari tiene un problema"). En aquella ocasión retrasaron la salida de sus pilotos en la calificación esperando a que parara la lluvia y lo que sucedió fue justamente lo contrario, que la lluvia arreció y Alonso y Massa no pasaron ni siquiera a la Q2 (salieron decimonoveno, Alonso, y vigésimo primero, Massa). De nuevo el problema fue pasarse de listos; porque tratándose de la Q1 lo que tocaba hacer era cargar el coche de gasolina para no moverse de la pista en 20 minutos e ir haciendo vueltas a un ritmo suficiente en función del cambio de circunstancias. No lo hicieron así y el resultado es que todos conocemos, al final Vettel ganó el campeonato con cuatro puntos de ventaja sobre Alonso, tras un nuevo error grave de estrategia de los de Maranello en la carrera de Abu Dhabi ("Vettel es campeón y ¿ha hecho el ridículo Ferrari?").

(Publicado en Marca)


Hoy el error evidente fue no haber hecho entrar a Alonso al final de la primera vuelta para cambiar el morro. Sería lo normal porque el morro estaba bastante, bastante descolgado. Es cierto que el año pasado en Abu Dhabi Vettel aguantó no sé cuántas vueltas con un morro a punto de caerse; pero me parece que a simple vista nos podíamos dar cuenta de que el de Alonso estaba bastante peor que el del alemán entonces. Quizás en los de Ferrari (que parecen bastante obsesionados con Vettel, y con razón) pesó el recuerdo de aquella carrera de la temporada pasada y la sensación de que el coche de Alonso parecía responder bastante bien; pero estando en la primera vuelta era la mejor opción con diferencia. Y ya sé que a toro pasado es fácil decirlo; pero hay que tener en cuenta que las posibilidades de desastre eran muchas. Incluso aunque el morro no se hubiera quedado enganchado al coche y Alonso hubiera podido seguir hay que pensar que el circuito de Sepang es muy largo, y si se te cae el morro en la recta de meta (como le pasó a Alonso), en el caso de que puedas continuar tienes que hacer más de cinco kilómetros sin morro, lo que es mucho y supone que todos los demás te metan una pila de segundos. Tocaba dar gracias al cielo porque Alonso había llegado al final de la primera vuelta con el coche en la pista, entrar y confiar en que con un coche como el Ferrari se podía dar una remontada histórica, teniendo en cuenta además todo lo que podía suceder con los cambios de neumáticos y la variación en el tiempo.
Eso hubiera sido lo normal, lo que hubiera hecho cualquier otro equipo y lo que tendría que haber hecho Ferrari. Intentar aguantar otra vuelta en aquellas condiciones era tentar a los dioses y estos no están por la labor de favorecer a Alonso. No les salió bien y espero que hayan aprendido la lección: las extravagancias mejor dejarlas para cuando se tenga el campeonato ganado matemáticamente; entre tanto habría que intentar seguir estrategias "normales", más o menos arriesgadas, evidentemente; pero nunca aquéllas en las que solamente tienes una oportunidad entre diez (siendo generosos) de salir airoso.

(Publicado en Sport)


Por lo demás la carrera fue muy interesante por ver cómo los equipos utilizaban las órdenes de equipo y la forma en que las seguían (o no) los pilotos. En el caso de Red Bull es evidente que Vettel se saltó la orden de mantener posiciones tras el último cambio de neumáticos. Todo más divertido, evidentemente, pero injusto. Webber había actuado en el convencimiento de que no sería atacado por su compañero, tal como explicó, habían cambiado el mapa motor para reducir riesgos sin preocuparse de que se le acercara Vettel. Si Webber no hubiera contado con esta seguridad podría haber conducido de otra manera. Ahora ya nunca lo sabremos, porque lo cierto es que Vettel atacó a traición (podríamos decir metafóricamente) y la cara que le quedó a Webber fue un poema. Distinto hubiera sido que Vettel hubiera insistido a su equipo en que le dejaran vía libre y que una vez concedida la venia Webber fuera también consciente de que la lucha se retomaba. Eso hubiera sido lo justo, porque atacar a un piloto que no se espera que vaya a ser atacado no tiene mucho mérito, la verdad.
Otro caso de órdenes de equipo es el que se dio en Mercedes. Ahí el disciplinado Rosberg se mantuvo detrás de Hamilton a pesar de que la impresión era de que podría haberlo pasado incluso sin DRS. Aquí no entiendo la insistencia de Mercedes en proteger a Hamilton. Estamos iniciando el campeonato, Hamilton tenía problemas y Rosberg iba como un tiro ¿por qué parar también a Rosberg? ¿No hubiera sido más lógico haber dado instrucciones a Hamilton para que no entorpeciera a su compañero? Creo que eso hubiera sido lo más lógico y justo. Además el espectáculo hubiera ganado. En fin, que lo de las órdenes de equipo es inevitable; pero no me parece adecuado que se utilicen para frenar al piloto que está yendo más rápido. En fin, quizás este Gran Premio de Malasia implique algún nuevo movimiento en relación a este viejo tema: las órdenes de equipo.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Chipre, o la concreción de lo inevitable

La desastrosa gestión de la crisis chipriota, con un acuerdo que debe ser rectificado al cabo de unas horas y la potenciación de las dudas y de la inseguridad no es fruto solamente de la torpeza o del egoismo, sino una certeza matemática. El resultado inevitable de un problema estructural de Europa que se viene denunciando desde hace años, pero al que no se le pone remedio y que, quizás, es de imposible solución. El caso de Chipre es especialmente útil para entender el problema, pero mucho me temo que nada cambiará.



El principal problema que tiene la Unión Europea (porque de éste derivan casi todos los demás) es que su estructura de toma de decisiones no responde a la existencia de "algo" que es Europa y que difiere de cada uno de los Estados en concreto e, incluso, de la suma de todos ellos. Si se quiere resumir en una frase podríamos decir que la Unión Europea se ha configurado como instrumento al servicio de los Estados, no de los europeos en su conjunto Esto ya lo mantuvo con sencillez y claridad Manuel Castells hace más de diez años en el volumen 3 de su monumental obra La era de la información y ninguna de las reformas acometidas durante los últimos años del siglo XX y lo que llevamos del XXI (Tratado de Amsterdam, Tratado de Lisboa) ha cambiado esta situación. La UE es una útil palanca para que los Estados puedan mantener su poder en un mundo globalizado, pero no directamente una entidad al servicio de los intereses generales del continente. El interés estatal prima sobre el interés de la Unión (desarrollaba esta idea aquí hace casi cuatro años).
El procedimiento de toma de decisiones en la UE es reflejo de lo que acabo de comentar. La última palabra en todos los asuntos importantes la tiene el Consejo, que es la reunión de los representantes de los diferentes Estados. La decisión sobre Chipre se tomó en el marco del Eurogrupo, al que pertenecen los representantes de los Estados que se encuentran integrados en la zona Euro. Fueron estos representantes quienes pactaron las condiciones del rescate con el Gobierno del país interesado y con el FMI. Es cierto que también la Comisión Europea estaba presente; pero la Comisión (que representa el interés general de la UE) no tiene capacidad real para oponerse a las decisiones que tomen los representantes de los Estados. De esta forma, los acuerdos que afectan al conjunto de Europa son adoptados por los representantes de los países. Y estos representantes, cuando acuden a las reuniones del Eurogrupo o del Consejo, no pretenden resolver los problemas generales de Europa, sino los concretos de sus países. En la negociación cada uno pretende solucionar sus propios quebraderos de cabeza. Esto hace que los intereses generales de Europa queden desatendidos; pero, además, y como hemos visto en la crisis chipriota, este desatender los problemas generales de Europa puede implicar un perjuicio también a los intereses concretos de cada país. Lo que puede resultar paradógico pese a su evidencia.
Probablemente la causa de esta paradoja está en que realmente Europa existe. Es decir, existe una realidad económica y social que supera a la suma de los Estados que la componen. Esta realidad tiene su propia dinámica, fruto de una integración sustancial mayor que la que reflejan las estructuras políticas actuales. La existencia de esta realidad implica que las decisiones que se adoptan a partir de criterios puramente egoistas no solamente pueden ser perjudiciales para el interés general, sino para el interés particular de los Estados, que se ven mucho más influidos por esa estructura europea de lo que piensan. Como digo el caso chipriota es un buen ejemplo de ello.



En realidad la última etapa de la crisis chipriota comenzó hace unos meses cuando se eligió al nuevo presidente del Eurogrupo. Como acabo de indicar, el Europgrupo reúne a los representantes de los gobiernos de los países integrados en el Euro y cuenta con un presidente designado por los representantes de estos países que, se supone, ha de organizar los trabajos de este organismo y que, por tanto, ha de representar de alguna forma esos intereses generales, diferenciados de los particulares de cada uno de los Estados miembros. Si el presidente del eurogrupo es una personalidad fuerte y preparada puede ejercer una cierta influencia en las decisiones que adopte el órgano, compensando la lógica intergubernamental que lo caracteriza. Hace unos meses se designó como presidente del Eurogrupo a Jeroen Dijsselbloem. España se opuso a su nombramiento (en realidad se abstuvo) lo que origino no pocas críticas y comentarios sarcásticos acerca de lo mal que se movían los españoles por Europa. Bien, lo cierto es que cualquiera que se mire el curriculum de Dijsselbloem, que se puede consultar en el enlace que pongo dos líneas más arriba, se sorprenderá seguramente de que con ese perfil se sea presidente de una de las instituciones económicas más importantes del Mundo. La jugada es, creo, clara: el ministro alemán de finanzas, Schäuble, buscaba a un candidato que no le pusiera demasiados problemas en las reuniones del Eurogrupo. Alguien de un país en sintonía con Alemania como son los Países Bajos, y con un perfil lo suficientemente bajo como para que pudiera ser fácilmente intimidado. Desde la perspectiva de los intereses particulares de Alemania el nombramiento de Dijsselbloem es una jugada estupenda. No es tan buena noticia desde la perspectiva de los intereses generales de Europa, y por eso creo que estaba más que justificado oponerse a su nombramiento; pero en la lógica intergubernamental que comentamos era natural que Schäuble intentara colocar a alguien débil y próximo en la presidencia del organismo.
Con este Eurogrupo y este presidente del Eurogrupo hay que afrontar la crisis chipriota. Schäuble intenta defender los intereses de Alemania y los suyos particulares. Los de Alemania en el sentido de que la factura del rescate sea lo más baja posible, para lo que los chipriotas tienen que arrimar el hombro y aportar una cantidad importante (entre cinco y siete mil millones de euros. Si tenemos en cuenta que Chipre tiene una población de un millón de habitantes un esfuerzo semejante en españa sería de 200.000 millones de euros, cinco veces más de lo que ha supuesto del rescate bancario de nuestro país). Y, como digo, no solamente protegía los intereses de Alemania sino también los suyos particulares como político en activo. Hay elecciones en Alemania, y los electores de ese país quieren percibir que Alemania es dura, que castiga a los "malos" del sur y que no paga las facturas de las fiestas que se dan otros a su costa. La imagen de los pequeños (y grandes) ahorradores chipriotas viendo esquilmadas sus cuentas puede satisfacer a determinados votantes imbuidos de la idea de que ellos (los alemanes) son los buenos y los malos (los sureños) deben de ser castigados (por qué hayan de ser castigados ya es otro problema de más difícil concreción).



Con estas premisas Schäuble actúa y presiona en la línea que le interesa, aunque no sea la que aconsejarían los intereses generales de Europa. El presidente del Eurogrupo seguramente le deja hacer (no puedo saber si se opuso, pero en cualquier caso si lo hizo no fue con la suficiente contundencia, es evidente) y cuando el representante chipriota accede a gravar también los depósitos por debajo de cien mil euros Schäuble dice que no es su problema de dónde saque el dinero siempre que lo saque. Nadie parece preocupado por las consecuencias que esa medida tendría más allá de Chipre. Todo se ha resuelto en la lógica intergubernamental y parece que tenemos un tema cerrado. La unanimidad con la que se cierra el acuerdo y las declaraciones de unos y otros cuando concluye la cumbre parecen ir en esa dirección (que si se muestra firmeza en la voluntad de mantener el euro, que si es doloroso pero inevitable, que si no es extrapolable lo que sucedió en Chipre a otros países, etc.).
La sorpresa viene cuando a las pocas horas se monta la que se monta. En contra de lo que seguramente pensaban Schäuble, Guindos, Dijsselbloem y demás, los ciudadanos de Europa, los bancos, los inversores, los analistas y casi todo el mundo no ven el problema chipriota como una cuestión meramente chipriota. En España, Italia y Portugal se siente una profunda empatía con los habitantes de la isla y los analistas destacan que se ha roto un tabú -la intangibilidad de los depósitos bancarios hasta cien mil euros- frente a lo que nadie se siente indiferente ni seguro. Lo que pasa en Chipre afecta a toda Europa, como debería ser evidente para quienes nos gobiernan. A las pocas horas tienen que reunirse, rectificar y ahora estamos metidos (y empleo la primera persona del plural de forma muy consciente) en un lío considerable.
¿Por qué este follón? Ya digo que no solo por torpeza. El mecanismo intergubernamental de toma de decisiones en Europa, desconociendo que hay una cosa que se llama Europa que es diferente de la suma de los Estados miembros tiene estas consecuencias. Hace años que planteo (y desde luego afortunadamente no soy el único) que Europa tiene que tener órganos decisorios con legitimidad directa, no indirecta a través de los Estados (aparte del enlace que colocaba más arriba pueden consultarse también estos otros: "La política exterior y Europa", "Lo de Bombay", "Política ficción" y "La verdadera naturaleza de Europa"). La ausencia de estos mecanismos suponía hace unos años la pérdida de oportunidades de progreso y el lento retroceso de Europa en el Mundo. Ahora ya conduce a situaciones desastrosas (véase, por ejemplo, la disparatada propuesta que se hizo para Grecia de convertir el sábado en un día laborable) o a una escenificación que roza el ridículo, como es el tratamiento de la crisis chipriota, un problema que para una entidad política que aún supone casi una cuarta parte del PIB mundial debería ser una bagatela y que se está convirtiendo en un quebradero de cabeza serio ya no por la torpeza, sino por las limitaciones evidentes de una estructura de toma de decisiones que es suicida.
Toca cambiar esto, cambiarlo rápido y cambiarlo bien. ¿Hay alguien al otro lado?

viernes, 15 de marzo de 2013

Sobre rigor y responsabilidad

Una de las muchas críticas que se hacen al actual sistema político español es que ha fracasado como mecanismo para conseguir que los puestos de mayor responsabilidad estén ocupados por las personas más capaces, preparadas y con mejores valores. Al revés, si uno mira a uno y otro Parlamento, Gobierno o Alta Institución se encuentra con un número elevado de imputados (falta de valores), gente sin la adecuadad formación para la tarea que desempeña (falta de preparación) y -a los hechos me remito- escasamente capaces, tal como sufrimos todos los ciudadanos un día sí y otro también.
Seguramente no es fácil encontrar una explicación a tamaño desastre; pero sí que existen algunas cosas que cada uno de nosotros, modestamente, puede hacer para intentar paliarlo. Una de ellas es denunciar aquello que se entiende que no se ajusta a lo que debería ser, y en eso estoy.
Una de las instituciones creadas por el Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006 es el Consell de Garanties Estatutàries. Este "Consell" está integrado por juristas de reconocida competencia (art. 77 del Estatuto de Autonomía de Cataluña) y tiene como función emitir dictámenes sobre la adecuación al Estatuto de Autonomía y a la Constitución de las reformas del Estatuto y de los proyectos de ley; así como de informar antes de que se interponga un recurso de inconstitucionalidad por el Parlamento de Cataluña o el Gobierno de la Generalitat (art. 76 del Estatuto de Autonomía).

(Miembros del Consell de Garanties Estatutàries siguiendo un pleno del Parlament de Catalunya)

Se supone que es un órgano reservado a juristas de reconocida competencia y prestigio que han de obrar con independencia de criterio. Son nombrados a propuesta del Parlamento de Cataluña y del Gobierno de la Generalitat (art. 77.1 del Estatuto de Autonomía). Para garantizar su adecuación al puesto se someten a una audiencia en el Parlamento de Cataluña en la que explican su curriculum y méritos y los diputados pueden requerir las aclaraciones que estimen oportunas; en la misma línea que los "hearings" en el Congreso o en el Senado de Estados Unidos que algunas veces hemos visto en las películas (maravillosa, por ejemplo, "Tempestasd sobre Washington").
La diferencia es que en Estados Unidos -hasta donde yo sé- a nadie se le ocurre presentar un candidato que no reúna méritos suficientes, porque los congresistas y senadores son duros y lo que allí pasa tiene transcendencia. Aquí, en cambio, con frecuencia nos encontramos ante un ejercicio patético en el que los méritos presentados no alcanzarían para un puesto de muchísimo menos relieve y responsabilidad que el pretendido y las intervenciones de los diputados, con frecuencia, carecen de profundidad alguna. Además, estas audiencias no encuentran eco en los medios de comunicación, de manera que es probable que hayamos tenido más noticia de una que ha tenido lugar en Washington que de las que se celebran en Madrid o Barcelona.
Por casualidad he tenido acceso a una de estas audiencias en las que se verificaba la adecuación de varios candidatos al Consell de Garanties Estatutaries al que antes me refería. Aquí puede verse la comparecencia al completo; pero quiero destacar la defensa del curriculum que hace uno de los candidatos y dejar que sea el lector quien juzgue si reúne méritos para aspirar al cargo que ocupa (interviene en catalán, pero creo que puede entenderse bastante bien). También dejo la intervención del único diputado que, a mi juicio, planteó objeciones de verdad al candidato. La intervención de este diputado es en castellano.



sábado, 2 de marzo de 2013

Renta Básica de Ciudadanía

Me acabo de dar cuenta de algo que me ha sorprendido: si un 25% del producto interior bruto mundial (el conjunto de riqueza que se produce en el Mundo durante un año) se repartiera de forma igual entre todos los habitantes del Planeta cada uno de nosotros dispondría de 208 dólares al mes. 208 dólares al mes (160 euros) para todos y cada uno de los habitantes del Planeta. Me he quedado anonadado. Hace tiempo que vengo defendiendo la necesidad de establecer una Renta Básica de Ciudadanía en España; pero siempre había considerado que sería una medida que no podría extenderse más allá de los países más ricos. En lo que se refiere a estos el cálculo que hacía era precisamente el de que un 25% del PIB se repartiera a partes iguales entre todos los ciudadanos (aunque podría matizarse de tal forma que los menores de edad recibieran menos de lo que tocaría de dividir ese 25% entre el número de nacionales y los mayores, más); otro 25% del PIB se dedicara a servicios públicos, un 10% a infraestructuras y demás gastos de interés general y que el 40% restante se distribuyera de acuerdo con los criterios de mercado; esto es, en forma de beneficios por capital y trabajo después de impuestos. Es decir, se pagaría un 60% de impuestos, pero casi la mitad de tales impuestos (un 41% para ser exactos) se redistribuirían entre todos los ciudadanos a través de la Renta Básica de Ciudadanía (RBC). En el caso de España esta operación conduciría a que cada persona recibiera una cantidad de 634 dólares mensuales. Resulta chocante que de acuerdo con esta distribución una familia de 4 miembros recibiría más de 2400 dólares al mes (más de 1800 euros), lo que es más de lo que ingresan muchas familias españolas, incluso muchas de aquellas en las que trabajan todos sus integrantes en edad laboral. Es chocante, pero ahora no me quiero detener en ello porque lo que me interesa resaltar es que este reparto no solamente funcionaría a nivel local (en este caso en lo que se refiere a un país hasta ahora desarrollado como es España), sino que podría operar también a nivel mundial; y esto me parece mucho más significativo.



¡Qué mundo tan hermoso podríamos tener si, simplemente, una cuarta parte de su riqueza total se repartiera de forma que se garantizara que todos los habitantes del Planeta dispusieran de lo necesario para tener un techo y alimento! ¡Qué mundo tan hermoso si todos y cada uno de los seres humanos gozaran de los servicios públicos esenciales (salud y educación)! Y todo eso está al alcance de nuestra mano. Los recursos ahí están y lo único que hemos de hacer es repartirlos de una forma más equitativa. ¡Qué hermoso propósito y qué hermosa tarea!
Evidentemente, no podría hacerse de una vez y sin establecer matices. La diferencia entre el coste de la vida entre unos países y otros aconsejaría que inicialmente lo que recibiera cada persona se ajustara al nivel de vida de su propio país (más en los países que resultan más caros, menos en los países con un nivel de precios más bajo; en algunos lugares 160 euros al mes son prácticamente nada mientras que en otros te colocan directamente en la clase media) para, progresivamente, ir igualando unos y otros territorios. Estoy convencido de que una medida como ésta no solamente sería justa, sino que acabaría suponiendo también un mayor crecimiento global.
Un 25% de la riqueza repartida a todas las personas de igual manera, un 25% para servicios esenciales, un 10% para infraestructuras y gastos de las administraciones y un 40% que se distribuiría libremente en función del trabajo, de los méritos, del patrimonio o de la suerte de cada uno.
He aquí un programa que debería ser asumido y llevado a término. Hace cuatro años muchos en España quizás hubieran pensado que por qué íbamos nosotros a ceder parte de nuestra riqueza en beneficio de todos; hoy muchos de los que hace cuatro años hubieran pensado así firmarían donde fuera recibir esos 160 euros por persona (640 euros para una familia de cuatro miembros). Muchos de los que hoy en Alemania, en Holanda o, incluso, en Estados Unidos, tildarán esta medida de ingenua, demagógica, injusta e impracticable es probable que la añoren en diez o quince años; porque solamente hay una cosa cierta: si no cambiamos radicalmente las bases de nuestro sistema social y económico lo único que espera a una inmensa mayoría es la pobreza extrema, y tras ella ha de venir el colapso del sistema. Hace treinta años pensábamos que sería una guerra nuclear la que nos devolviera a la era de las cavernas; ahora cada vez es más claro que serán los economistas y sus amigos los que nos colocarán otra vez en la oscura Edad Media. 




Hay que reaccionar y no queda mucho tiempo.