Un libro

lunes, 9 de abril de 2012

Caperucita Roja

El otro día, charlando en el muro de Eugenia Rico sobre la presentación del libro "Saber Narrar", escrito por la propia Eugenia Rico, Juan Cruz y Javier Rodríguez de Fonseca; Santiago Fernández Rodríguez y yo mismo comentábamos que podría ser interesante contar algo muy conocido por todos para apreciar las distintas posibilidades que existen de narrar una misma historia; la hipótesis era la de que no importa tanto la historia como la forma en que se cuenta. Sonia Sierra se unió a la propuesta y otros manifestaron también su intención de participar.
Inicialmente los relatos tendrían que estar listos para el Domingo de Ramos; pero luego lo retrasamos hasta el Domingo de Resurreción y finalmente fijamos el Lunes de Pascua como día de la entrega. Sonia Sierra ya nos ha hecho llegar su historia (que se puede leer aquí) y en esta entrada incluyo la mía:



CAPERUCITA ROJA

Para Gracia


I

Ya no era una niña, no, ya no lo era. Desde hacía semanas su madre se lo repetía una y otra vez como una letanía dolorosa. En pocos días había tenido que asimilar ideas, obligaciones y experiencias que habían acumulado decenas, quizás cientos de generaciones que la había precedido. Misterios transmitidos de madre a hija precisamente en aquellos días, los que suceden a los primeros. Mientras estuvo asustada y llorosa su madre la mimó con afecto que creía ya olvidado, con el mimo que no recordaba desde el despertar de la conciencia, desde aquella lejana frontera entre el bebé y el niño, cuando los recuerdos comienzan a fijarse y el mundo se vuelve sólido. Tras aquellos primeros días, una vez que el flujo hubo cesado, la amabilidad de su madre también terminó. Ahora la trataba como a una igual en deberes y tareas, pero sometida a sus órdenes y casi a sus caprichos.
El trabajo era mucho en la granja. Desde el amanecer hasta el ocaso había que limpiar, cocinar, recoger, atender a los animales, cuidar el campo, llevar productos al mercado, comprar, asistir, coser… una larga lista de tareas en las que se afanaban su madre y su padre, sus hermanos y sus hermanas. Ella era la más pequeña, la última que había sobrevivido y hasta aquel momento la habían dispensado de los trabajos más duros. Ahora, en cambio, le habían hecho saber con rudeza que sus buenos tiempos en la casa habían concluido. Las muñecas de trapos y madera que conservaba fueron guardadas; las horas en las que se la dejaba corretear libremente, reducidas; los trabajos de los que se la había mantenido apartada, obligados. Supo lo que era llevar el balde lleno desde el pozo hasta la cocina sintiendo cómo las piernas cimbreaban como cañas a punto de quebrarse por el peso que colgaba de sus hombros.
Al mirarse en el agua de los charcos comenzó a descubrir arrugas en su rostro.
“Y tendrás que casarte, pronto, antes de que te estropees”. Eso le había dicho su madre sin explicarle más.
Tenía catorce años.

II

Las gotas que caían de las hojas le mojaban la cabeza, la espalda, los costados. Una humedad constante en medio del verde oscuro de la vegetación cerrada. Más allá de las copas de los árboles, las nubes oscuras, redondas de las que caía la lluvia constante. Quizás algunos pensaran que el bosque era su amigo, su hogar, su refugio. Quizás lo pensaran quienes habitaban el poblado o los caseríos dispersos, quizás. Quizás lo pensaran, a él algo le había llegado de esa impresión, fruto quizás de los muchos años que hacía que no salía del bosque más que para alguna incursión nocturna, rápida y letal. Quizás lo pensaran porque conocía bien aquella zona sombría entre lo habitado y en varias ocasiones había aprovechado aquel conocimiento para desbaratar las partidas que habían osado entrar en sus dominios para cazarlo. Quizás por eso pensaban que el bosque y él mantenían una relación de proximidad, de afecto; pero eso no era cierto. Él odiaba el bosque, pese a que ya se le habían borrado los recuerdos que pudiera tener de un tiempo anterior a aquél en el que los robles, los pinos, los arces y los castaños eran las únicas columnas que sostenían un techo sobre su cabeza. El bosque era incómodo y cruel. Ni un solo lugar había encontrado completamente seco, completamente caldeado, completamente tranquilo. Dormía bajo los árboles más altos, a veces encaramándose con dificultad a las ramas más bajas, intentando protegerse de la lluvia más fuerte y del viento más frío; pero aún ahí la humedad penetraba la piel, se mezclaba con la carne, calaba los huesos. Aún ahí un estremecimiento de frío le despertaba en la noche sin que pudiera volver a conciliar el sueño. Las arañas y las víboras perturbaban su descanso, los ratones le robaban la comida que guardaba con mimo. Los excrementos de los animales profanaban sus refugios.
No, no le gustaba el bosque. En él vivía desde hacía tanto tiempo que no recordaba su llegada, de él no podía salir, seguramente en él moriría; pero nunca sería su amigo.

III

El camino la conducía al borde del bosque. Respiraba hondo y soltaba el aire, respiraba hondo y soltaba el aire. Ya era completamente de día, pero en el gris sempiterno nadie podría saber qué hora era. Imaginaba que casi media mañana; pero solamente por el recuerdo de las tareas que había acometido desde que se había levantado antes de la salida del sol. Ordeñar las vacas, preparar el desayuno, hacer las camas, cortar patatas, limpiar el gallinero, poner la ropa al verde y cuando estaba en esto atender el requerimiento de su madre, que le gritaba desde el maizal azotado por el viento. Veía su figura recortándose contra el rojo del cielo de la mañana y apresuraba el paso para no contrariarla. Se arremangaba las faldas, desclavaba con dificultad los zuecos del barro. Casi corría a su llamada.
- Hoy le llevaras la comida a tu abuela.
La abuela vivía al otro lado del bosque, en la granja que había sido de la familia de su madre desde hacía generaciones. Allí se había quedado cuando había muerto su marido unos años atrás. No tenía hijos varones y todas sus hijas pugnaban por llevarla con ellas para así tener preferencia en la herencia; pero la vieja se negaba en redondo. Cada semana una de sus cuatro hijas asumía la tarea de prepararle la comida. A veces era la propia abuela quien se acercaba a recogerla; pero en los últimos tiempos esos sucedía cada vez con menos frecuencia. Se hacía mayor y le costaba caminar; así eran sus hijas las que tenían que acercarse a la vieja granja para llevarle fruta, bizcocho, mantequilla, huevos… La Niña conocía bien el camino que había recorrido tantas veces desde su infancia acompañada por su madre o por algún hermano mayor.
- ¿Con quién iré, madre?
- Sola irás. Ya eres grande bastante para ir tu sola. Tus hermanas y yo tenemos aquí tarea bastante. He preparado la cesta, está en la cocina. Date prisa y así podrás estar de vuelta antes de que anochezca.
La Niña tragó saliva sin atreverse a replicar. Veía el camino ante sí, tan cercano al bosque, veía el gris del día que amenazaba lluvia, veía la granja solitaria y a su abuela, veía el camino de vuelta apresurándose para que las tinieblas no se cerraran sobre ella antes de volver a alcanzar su hogar. Veía todo eso y temblaba; pero no se atrevía a replicar, el rostro pétreo de su madre era una advertencia. Su brazo, grueso como el mástil de un carro, una amenaza. Sus ojos fríos una puerta a la nada.
-       Parece que va a llover, madre, tendré que coger un manto para proteger la cesta.
-       Llevarás la capa roja de tu hermana.
-       - ¿La capa roja?
-       Tu hermana no la necesitará hoy, no irá al pueblo, ni siquiera saldrá de casa.
-       Pero si llevo la capa roja pensarán…
-       Nadie pensará nada, y lo que piensen a ti no te importa.
Y así había cogido la cesta y se había puesto la capa, había salido apresurando el paso, mirando al cielo y rogando para no encontrarse con nadie. Había enfilado por el camino que salía de la granja, cruzaba los campos y rodeaba el bosque, que era el punto en el que ahora se encontraba. Tras el temor de encontrarse con algún vecino el temor que ahora la vencía era el temor del bosque, de aquella masa oscura que todos eludían y que ella ahora casi rozaba. Procuraba no mirar a la espesura, pero en ocasiones no podía evitar desviar la cabeza y hundir la vista en lo verde y negro. Entonces creía ver luces en lo profundo, oía ruidos extraños como de hojarasca aplastada o silbidos de algún tipo de animal. Entonces se concentraba en el camino, miraba a su derecha, a los pastos y campos cubiertos de maíz; respiraba hondo y seguía.
Los campos parecían protegerla a su derecha, intentaba pegarse a ellos; sabía, sin embargo, que un poco más adelante los campos terminaban y el camino se internaba en el bosque profundo. La espesura ya no quedaría solamente a su izquierda, sino que su derecha quedaría cubierta también por los árboles y la oscuridad. Guardaba sus fuerzas y calculaba si podría hacer corriendo todo el trecho en que el camino se internaba en el bosque; imaginaba si aguantaría el resuello y se preguntaba si no sería preferible caminar despacio, sin hacer ruido, a despertar a los demonios de la selva con una carrera alocada.
Ya estaba llegando a la zona que temía. El maizal se cortaba a su derecha y casi sin solución de continuidad los robles le seguían. Ahora estaba en medio del bosque, en un camino que también se había hecho más estrecho. Le sorprendió el silencio. Era como si de repente el mundo se hubiese callado. No oía el rumor lejano de los que trabajaban en el campo, ni el discurrir del río, ni siquiera el bullicio de los pájaros. En medio de aquella espesura, casi sin poder alcanzar a ver el cielo tapado por las copas de los árboles que se juntaban sobre su cabeza sintió una calma inesperada. Se relajó y se atrevió a mirar con curiosidad a derecha e izquierda. Fue entonces cuando lo vio.

IV

La había seguido durante un buen rato. Había percibido su olor poco después de que el día se hubiera asentado tras el alba. Venía de la zona del poblado y aunque tenue al principio le resultaba inconfundible. Avanzó hacia aquella zona presto y sigiloso, procurando evitar los bordes de su reino. Se guiaba casi únicamente por el olfato y solo al final por el oído. Eran pasos lo que sentía, unos pasos ligeros, propios de alguien de poco peso, y rápidos. Seguía el camino sin detenerse. Olió y escuchó durante un rato y ya estuvo seguro de la ruta que seguía. Se internó en el bosque para poder avanzar más rápido sin ser notado y avanzó hasta el punto por el que pensaba que ella pasaría al cabo de unas horas. Le lastimaban las espinas de los arbustos y le golpeaban las ramas bajas de los árboles; pero no reparaba en ello. Estaba excitado, su corazón latía presuroso. Aún no la había visto, pero ya la imaginaba, ya se recreaba en lo que vería en no mucho tiempo, se deleitaba imaginando que los placeres que le proporcionaría la vista superarían con mucho los del olfato y del oído.
Se apostó en el lugar que había elegido desde el principio de su carrera, a la sombra de un castaño, protegido por un laurel no lo bastante alto como para impedirle ver con comodidad hasta el borde del camino, que en aquel punto atravesaba por el medio del bosque. Allí se quedó quieto durante un buen rato esperando que apareciera la muchacha. No quería moverse para evitar que el menor ruido la espantara, no quería apartarse ni siquiera un metro para orinar o defecar temiendo que fuera precisamente entonces cuando cruzara por delante de su escondrijo. Dejaba que las gotas que caían de las hojas altas golpearan su cuerpo casi de forma dolorosa para no traicionar su posición. Aguardó casi desconfiando ya de su instinto para prever la ruta que seguiría, esperó hasta que al final apareció ante él la niña que había olido y oído hacía una hora.
Abrió la boca admirado por la gracia de la muchacha que tenía enfrente. Era mayor de lo que había pensado. Las formas ya eran las de una mujer, aunque se veía que hacía poco que había dejado la niñez. Los pechos no estaban totalmente desarrollados, las caderas no eran aún generosas. El cuerpo era espigado, pero con la gracia de quien ya ha cruzado la frontera secreta. No podía ver su rostro estando de perfil como estaba y cubierto por una capa roja con caperuza que le venía grande y le caía sobre la frente. Tan solo adivinaba mechones de cabello rubio que se agitaban al caminar y se dejaban ver en suave balanceo por la parte de delante de la capucha. Llevaba del brazo una cesta y nada más. Una falda oscura y larga y zuecos.
No se había percatado de su presencia, casi pasaba ya ante él. Dudaba entre dejarla ir o probar a acercarse, hacerse notar. Se movió con cuidado para cambiar de escondrijo y al hacerlo rozó las hojas. Aquel leve sonido apenas rompió el silencio del bosque, pero fue suficiente para que la muchacha girara el rostro hacia donde él se hallaba. Por un segundo sus miradas se encontraron. Vio los ojos azules de la niña y su rostro terso, de un color levemente sonrosado, vio la nariz fina y recta y vio los labios rojos que se abrían en una mueca de asombro. Todo eso vio sabiendo que ella había visto el destello de sus propios ojos en la oscuridad del bosque.

V

- ¿A dónde vas?
Había sido él el primero en hablar. El rostro perfecto de la muchacha solamente le había paralizado un segundo, inmediatamente se irguió y con un salto ágil y potente se lanzó al camino quedando a tan solo metro y medio de la joven. A esa distancia su olor era tan penetrante que tenía que contenerse para no abalanzarse sobre ella. Temblaba ligeramente y se concentraba en lo que tenía que hacer, pensaba y maquinaba sin dejar de hablar y escuchar.
- A la casa de mi abuela.
Se sorprendió de su tranquilidad. Durante años había imaginado un encuentro como aquél, siempre había pensado que el terror le doblaría las rodillas, que arrojaría todo lo que llevara para echar a correr irracionalmente, que sería incapaz de articular palabra, y sin embargo ahora, llegado el momento, una extraña frialdad la embargaba. No tenía ninguna posibilidad de escapar corriendo, bastaría un salto de él para atraparla. No podía gritar y esperar socorro allí, en aquella parte del camino que discurría enteramente por el bosque. No podía enfrentarse pues era consciente de que no le daría tiempo a sacar la navaja que llevaba en la faltriquera bien oculta. No podía hacer nada más que contestar a la pregunta y esperar a la siguiente.
- ¿Le llevas algo en esa cesta?
Y había hecho un gesto con la cabeza que ella interpretaba como “no se me escapa un solo detalle, no puedes ocultarme nada, ni siquiera la navaja que llevas escondida”.
- Sí, la comida que le ha preparado mi madre; manzanas, bizcocho, huevos y un poco de vino… si gusta usted puedo invitarle a probarlo.
Él se rió con ganas.
- No se me ocurriría quitarte la comida de tu abuela ¿dónde vive?
Este era otro momento decisivo. Cabía intentar mentir, engañarle; pero podía suceder que él supiera perfectamente dónde estaba la casa del otro lado del bosque y se tratara tan solo de una prueba diabólica. La mentira podía convertirse en la disculpa perfecta para castigarla y aún ella tendría que justificarle. Prefirió no mentir.
- Al final de este camino, cuando gira a la derecha para ir hacia la ciudad se toma un caminito entre los árboles hacia la izquierda y así se llega a la casa que está a tiro de piedra del recodo que forma el Río.
- Sí, ya sé donde es. Conozco la casa. Podría acompañarte.
- No es necesario, en serio; se lo agradezco pero puedo ir sola sin problemas.
- ¿Y si te encontraras algún peligro en el camino?
Sonreía al decir esto y dejaba ver sus dientes, grandes y blancos; una dentadura perfecta, sin una sola caries.
- ¿Qué me voy a encontrar? Además casi he llegado. Seguro que no me pasa nada.
- No hay que confiarse. Pero de todas formas tampoco te puedo acompañar. Tengo que resolver otros asuntos. Eso sí, podemos ver quién llega antes a casa de tu abuela.
El gesto de extrañeza de la muchacha concedía una rara gracia a su rostro. Supo que había sido capaz de romper su coraza, de perturbarla. Quizás ahora cedería la pose que él sabía que le costaba tanto mantener (el ligero temblor en una mano que imaginaba se daba también en las piernas, el movimiento de la mandíbula, la forma en que se tocaba el cabello –rubio y entreverado de castaño, adorable-).
- ¿Quién llega antes?
- Tras resolver los asuntos que tengo pendientes me dirigiré yo también hacia allá atravesando el bosque. Veremos si es más rápido el camino que tú sigues o los que yo conozco por la espesura.
- Bueno, no acabo de entender…
- Supongo que mantendrás tu ofrecimiento de compartir la cesta conmigo – le  cortó él- quizás en casa de tu abuela me anime a comer algo.
Se quedó mirándola aún un momento. La joven había retrocedido un paso y agachado la cabeza. La tenía donde quería, pero no era el momento; prefería esperar y ahora imaginaba un plan aún mejor.
Se perdió en la espesura en un segundo, moviéndose con agilidad sobrenatural, y ella se quedó en medio del camino sin saber qué hacer. Las piernas pugnaban por retroceder, por abandonar el camino hacia la casa de su abuela, pero a la vez sabía de los riesgos que eso suponía. “Y si me está espiando y me ataca cuando vuelva mis pasos”. “Esa es solamente una posibilidad, si voy a la casa de mi abuela allí pereceré, y eso es seguro”. “¿Seguro? Ahora te has encontrado con él y no te ha hecho nada ¿por qué suponer que será diferente en casa de tu abuela?” “Porque es un asesino, basa mirar esos ojos brillantes, esa forma de moverse, la manera en que me miraba”. “Y si no vas ¿qué será de tu abuela? Corre y podrás avisarla, podréis encerraros las dos en casa y esperar socorro o aguardar hasta que se vaya”.
Fue este último pensamiento el que la decidió. Si no iba y a su abuela le pasaba algo... No era especialmente valiente, pero sabía cuando era obligado hacer algo, aunque te jugaras la vida en ello.

VI

Desde el bosque veía la casa. Había pasado otras veces por allí y siempre se quedaba mirándola un rato. Distaba unos trescientos metros de los últimos árboles y estaba rodeada por un prado agradable que recordaba bien cortado y cuidado años atrás. Ahora la hierba estaba demasiado alta y varios arbustos habían ido creciendo acá y allá. La casa no era grande, tan sólo una planta y quizás una habitación en el desván, porque había una abertura en el techo cubierta por una contraventana de madera. Siempre había visto una columnita de humo saliendo por la chimenea y ahora no era una excepción. Se imaginaba el calor en el interior de aquel hogar, los rincones alejados de la humedad que le envolvía permanentemente. Ahora que sabía que aquella era también en cierta forma la casa de la muchacha con la que se había encontrado hacía un rato el deseo de llegarse hasta ella era aún más fuerte.
Se arrastró hasta el linde mismo del bosque y desde allí observó con detenimiento todo el terreno que se ofrecía a su vista. Había un pequeño descenso desde allí hasta un arroyo y luego subía el terreno hasta la casa, que estaba casi en la loma de una pequeña colina. Tras la colina se veían las laderas ascendentes cubiertas de árboles de las montañas que rodeaban toda la zona. Escudriñó cada centímetro del terreno que podía contemplar desde su escondrijo en busca de alguna presencia humana. No vio a nadie, ninguna presencia humana en el prado, en la colina, en las lindes del bosque, en la casa. Tan solo el verde brillante por las gotas de la lluvia reciente bajo los rayos que se colaban por entre las nubes grises, casi negras en su panza redondeada.
Salió de la protección de la espesura. Se lanzó a la carrera cuesta abajo y luego colina arriba. A unos cien metros de la casa detuvo su carrera y se pegó al suelo buscando la protección de la hierba alta, intentando buscar los ángulos muertos entre las ventanas del primer piso. De aquella forma sigilosa se llegó hasta el muro mismo de la casa, protegiéndose en el último tramo por el brocal del pozo y un carro que había quedado descuidadamente empinado entre el pozo y la pared. Pegado a la pared se atrevió a mirar por la ventana. Vio una cocina con su fuego y su bañal, su mesa y la puerta de la alacena. Una cocina pequeña y acogedora, pero vacía. Se arrastró por debajo de la ventana y fue hasta la siguiente. Se alzó con precaución y vio un dormitorio. En la cama una mujer con los ojos cerrados, mayor, muy mayor, tan mayor que no extrañaba que a aquellas horas estuviera aún entre las sábanas. Rodeó la casa sin ver ninguna otra estancia. Parecía que la vieja estaba sola en la casa. La historia de la niña adquiría verosimilitud. Una anciana que ya casi no podía valerse por si misma que vivía sola y a la que sus hijas y nietas llevaban la comida. Se aceleró su corazón al comprobar que el plan que había trazado comenzaba a convertirse en real.

- ¿Eres tú, niña?
Había abierto la puerta sin especial cuidado, sabiendo que el ruido despertaría a la anciana. Dio dos pasos dentro de la casa. A la derecha estaba la puerta de la cocina, a la izquierda la del dormitorio.
- ¿Eres tú?
Ahora oía cómo la mujer se levantaba. Se imaginaba que buscaba las zapatillas cerca de la cama. Él permanecía erguido a la entrada, ahora sin moverse, respirando profundamente. El pecho subía y bajaba en cada inspiración. Su pulso se aceleraba.
- ¿Por qué no dices nada? ¿Me has traído la comida?
La anciana cruzaba ahora la puerta del dormitorio acabando de ponerse una bata por encima del camisón. La cara de sorpresa al verle casi hizo que él olvidara lo que con tanto cuidado había planeado. Fue solo un segundo de vacilación que resultó insuficiente para la vieja. Tras el golpe se llevó la mano a la garganta mientras sus piernas se aflojaban y la sangre se extendía por el suelo. Comprobó que ya no se movería y se dirigió a la cocina mientras las piernas de ella aún convulsionaban. Encontró lo que buscaba: un vaso y una jarra. La cocina estaba ordenada y limpia, desprendía olor a especias y a dulces de mantequilla. Evocaba recuerdos antiguos que no sabía si inventados, u olvidados y recobrados. Una mano en su cabeza y en su espalda, un cuenco de leche, una palabra cariñosa, mujeres a su alrededor, el calor del hogar mientras afuera llovía… Pero hoy no llovía, el primer sol de la tarde sobre los campos lucía esplendoroso y el aire húmedo traía el olor de rosas y madreselvas de musgo y robles vencidos por los años.
Se acercó al cuerpo de la anciana. Ella ya no podía hablar, pero sus ojos inquirían, parecía que imploraban algo. No se detuvo en ellos. Rodeó la cabeza con su brazo y la incorporó mientras acercaba el vaso al corte en el cuello. Dejó que la sangre fuera llenando el recipiente. El flujo parecía parar, la mujer ya estaba muerta. La volvió a dejar en el suelo, le quitó la bata y el camisón y con éste último le ató los pies. En la pared, como a dos metros de altura, había un gancho, allí anudó el otro extremo del camisón izando con un solo brazo el cuerpo de la anciana. La sangre volvía a fluir por el corte. Acercó la jarra al cuello y dejó que se llenara hasta casi rebosar. Luego bajó a la anciana y la volvió a dejar sobre el suelo, desató sus pies y le echó encima bata y camisón cubriendo casi por completo el tronco y las piernas. La cabeza había quedado ladeada. El brazo derecho estaba doblado y la mano casi rozaba la barbilla del cadáver, del izquierdo se veía el antebrazo y la mano que parecían querer alejarse de la bata que cubría lo que ya eran despojos. Estaban en el espacio que quedaba entre el dormitorio y la cocina, cualquiera que entrara en la casa lo primero que vería sería el cuerpo de la abuela.

VII

El corazón no había dejado de golpear en todo el trayecto desde el encuentro en el bosque hasta aquel momento, cuando al doblar el recodo del camino pudo ver al fin la casa de su abuela. El camino estrecho entre árboles que había indicado a su interlocutor un par de horas antes acababa allí, justo al borde del prado que descendía para luego ascender suavemente hasta la casa. Como siempre, el humo salía de la chimenea y todo tenía el agradable encanto de la infancia. En cada fragmento del paisaje que tenía ante sí habitaba un recuerdo y el sentimiento de que ya nada malo podía suceder la invadió irracionalmente.
La última parte del ascenso la hizo casi corriendo, la respiración agitada, la garganta quemada por el aire que luchaba por entrar a alimentar los pulmones.
- ¡Abuela! ¡Ya estoy aquí!
Gritaba mientras se abalanzaba sobre la puerta que no estaba cerrada del todo. Iba a empujarla cuando alguien la abrió desde adentro.
- No entres.
Con su cuerpo le impedía pasar. Aquel obstáculo por parte de un extraño en la que consideraba su casa la enrabietó más que asustarla. Pugnaba por entrar y él no le dejaba.
- Ha sucedido algo terrible. No mires.
- ¿Qué dices? ¡Déjame pasar!
- Vine tal como te dije –explicaba él- y cuando llegué vi a unos hombres muy mal encarados merodeando por la casa. Me acerqué. Me enfrenté a ellos y pelemos. Huyeron y al entrar en la casa ya no había nada que hacer. Supongo que querían robar.
Finalmente ella consiguió apartarlo, pese a lo escaso de sus fuerzas y el enorme tamaño de él. Lo apartó y vio la escena que le habían preparado. Vio el charco de sangre y en medio de él el cadáver de su abuela en la posición que ya conocemos.
Se dobló por la cintura, las piernas dejaron de sostenerla. El horror la invadió, pero no llegó vencer el asco que le producía la sangre en el suelo. Se quedó donde estaba, en el quicio de la puerta, ahora ya de rodillas, olvidada la cesta, anegada en lágrimas e hipidos. La angustia se tomó un respiro, pero cuando volvió lo hizo con más fuerza. Sintió cómo su corazón se paraba, como los pulmones dejaban de inspirar, cómo su cerebro se paralizaba, cómo todo se volvía negro.

Era el roce en el rostro de una tela fina sobre la que apoyaba la cabeza. Era la leve despreocupación de la niña sin obligaciones. Era el calor de un lecho en el que retozar libremente. Yacía sin sentir el roce de las costuras, la presión de los zapatos, yacía en un lecho blando y desconocido; o quizás no tan desconocido, puede que tan solo olvidado. El olor era familiar, era olor de mañanas de domingo y tardes de sábado, era el olor de excursiones con su hermana o sus padres, era el olor de cuentos y de caricias de su abuela. Extraño sueño del que despertaba, pesadilla, su abuela en el suelo, en medio de un charco de sangre, ella ya mayor llevándole la comida, el encuentro en el bosque…
Su mano descansaba sobre su vientre sin tela que se interpusiera, se deslizo a uno y otro lado, bajó y subió. Estaba desnuda. Se palpó el pecho. No era el de una niña. No estaba durmiendo la siesta un día de verano en casa de su abuela como pensaba. El sueño se volvía realidad, la pesadilla cobraba certeza. Abrió los ojos. Estaba en el dormitorio de su abuela, en la cama que había compartido tantas veces con ella de niña. Tenía la misma sensación que entonces, la de un peso mucho mayor que el suyo en el otro lado que la hacía rodar. Se giró. Allí estaba él mirándola. Lo supo una fracción de segundo antes de acabar de volver la cabeza, una fracción de segundo antes de que sus miradas se cruzaran. Eso le permitió teñir de dulzura sus ojos y esbozar una sonrisa.
- Has despertado.
- He despertado.
- Toma, bebe.
Y le acercó un vaso lleno de un líquido rojo oscuro como el vino fuerte que mezclaban con miel los pastores. Acercó el vaso a sus labios y bebió. Dejó que fluyera a través de su garganta la sangre de su abuela. No dejó que nada traicionara su conocimiento.
- Ha sido una experiencia terrible, continuó él. Te he desnudado para acostarte y que descansaras mejor.
- Te lo agradezco.
Toda ella temblaba en su interior al decir esto, pero consiguió que su voz no lo hiciera.
- Eres tan hermosa.
Y sintió una caricia en su muslo que ascendía lenta, inexorablemente.
- Has sido muy valiente enfrentándote a estos animales.
Los ojos de ella estaban húmedos, y a ella le pareció que también en los de él se adivinaban dos lágrimas en lo más hondo.
- Sé lo que vamos a hacer; pero antes tengo que orinar.
- Aquí está la bacinilla de tu abuela.
Parecía que lo tuviera todo calculado, incluso había sido excesivamente apresurado su ofrecimiento.
- No podría hacerlo aquí. Nunca lo he hecho dentro. Saldré al prado. Será solo un momento.
Se deslizó hacia abajo casi imperceptiblemente, pero lo suficiente para que la caricia que se había detenido en la cara interior del muslo llegara a su sexo.
- Te espero.
Ella salió de la cama. Estaba completamente desnuda y sintió cómo el frío y la humedad la penetraban. En una esquina había varias mantas apiladas. Tomo la superior, de tela basta y color oscuro, y se la echó sobre los hombros, la cubría hasta más abajo de las rodillas.
El sol de la tarde le pegaba en el rostro. La brisa agitó sus cabellos al cruzar la puerta de la casa. Todo el verde de los montes se reflejaba en ella. Delante mismo de la puerta comenzaba el prado. Él la estaría viendo desde el dormitorio. Hizo como que buscaba un lugar adecuado para agacharse. La hierba rozaba sus pies desnudos y aquí y allí se le pegaba la tierra humedecida por la lluvia que había ido cayendo durante el día.
Disimuladamente se iba alejando, se acercó al brocal del pozo, lo rodeó y se agachó. Él estaría mirando y pensaría que había encontrado al fin el lugar adecuado para orinar. Bajó aún más la cabeza y se arrastró hacia el carro que había junto al pozo. Pasó por debajo de él y ya tras el carro, segura de que no le veía, echó a correr colina abajo.
 La manta flotaba sobre su espalda y se abría por delante, los pies se hundían en el terreno blando y el frío la haría tiritar si no estuviera únicamente concentrada en correr, correr y correr hasta llegar al río que sabía que discurría por el pie de la colina. No quería oír, no quería volverse, no quería pensar; pero sabía que pronto él estaría corriendo también colina abajo. Si no conseguía una ventaja suficiente todo habría sido inútil y moriría como había muerto su abuela. Casi había llegado a los árboles que flanqueaban el curso del río cuando creyó oír un rugido a sus espaldas. Intentó correr aún más.
Fue entonces cuando oyó una voces un poco a la derecha de donde se encontraba. Eran voces de mujer, el run-run característico de la charla intranscendente que normalmente acompaña algún tipo de trabajo. Giró hacia el sitio del que venía el ruido. Allí,  a la orilla del río tres muchachas aprovechaban la corriente y aquella última hora de la tarde para hacer la colada. Todas con pañuelo a la cabeza, todas arrodilladas junto a la corriente con las blusas remangadas mostrando los antebrazos blancos por el frío, el agua y el jabón.
- ¡Hermanas! ¡Hermanas! ¡Ayuda!
Las lavanderas detuvieron su frotar sobre las piedras y alzaron la vista hacia quien les gritaba.
- ¡Me persigue! ¡Ayudadme a cruzar el río!
Quizás en lo alto se le veía ya a él correr hacia donde estaban ellas y por eso no dudaron un momento ni preguntaron nada. La muchacha no podía saberlo porque solamente miraba al frente, a la corriente y a las lavanderas. Una de ellas se puso en pie y agitó el brazo.
- Ven, te ayudaremos – y volviéndose hacia el río gritó con fuerza- ¡Vosotras! ¡Las del otro lado! ¡Ayudadme!
Al otro lado del río otras tres lavanderas estaban también haciendo la colada. A su lado montones de ropa: camisas, sábanas, manteles…
- ¡Lanzad una sabana grande, de cama de señores!
Así les gritaba la que parecía haber tomado el mando de las operaciones mientras se metía en el río hasta la rodilla. Desde el otro lado entendieron enseguida la idea. Una de las lavanderas se puso a rebuscar en el montón de ropa hasta sacar lo que parecía una sábana enorme y blanca. Con la ayuda de sus compañeras la estiró, también se metieron en el río hasta casi la cintura y con un movimiento rápido y elegante lanzaron la sábana hacia el otro lado. Las lavanderas que allí estaban agarraron con firmeza el extremo de la sábana hasta tensarla sobre la superficie del agua.
-       ¡Vamos, niña! Cruza sin miedo que te sostenemos.
La muchacha se había quedado admirada de la presteza con que habían dispuesto un paso para ella sobre la corriente. Entró en el agua fría y trepó hasta colocarse sobre la tela. De pie sobre ella se sentía flotar, dio dos pasos y comprobó la elasticidad, su propio peso la impulsaba hacia arriba al rebotar en la superficie tensada por la fuerza de las lavanderas, con dos saltos de cervatillo llegó a la otra orilla. Sonreían las lavanderas al verla llegar. Sin preocuparse de su desnudez las besó y abrazó antes de seguir su carrera monte arriba.
Corrió sin detenerse apoyándose en troncos de árboles, agarrándose a arbustos hasta alcanzar una fuente en medio de la subida que ya conocía desde niña. De unas rocas manaba agua transparente y fría que formaba un pequeño pozo entre los helechos. Allí se detuvo y miró hacia abajo. Distinguía a las lavanderas y también a él, que acababa de llegar junto a ellas. Su corazón se agitó cuando vio cómo debatía con las que habían sido sus amigas y se llevó una mano al pecho al ver cómo también para él tendían la sábana que a ella la vida le había dado. Vio cómo él subía a la sábana y comenzaba también a cruzar el río que pensaba que la salvaría, entonces un grito de salvaje alegría se le escapó al ver cómo sus hermanas la sábana soltaban cuando él en medio del río estaba. Le vio hundirse y desaparecer en medio de las aguas como si de un mal sueño se tratara.
Inspiró profundamente. Dejó que la invadiera el alivio. Ahora se sentía segura, confiada. Solo entonces reparó en el barro que cubría sus pies desnudos, heridos por la carrera en medio de aquella espesura. Con tranquilidad se sentó junto a la fuente e introdujo los pies en el agua, estaba fría y le reconfortaba. El agua que manaba iba arrastrando el barro y sus pies quedaban limpios, blancos. Frotaba suavemente los pies con sus manos, sentía la caricia del agua y de sus dedos, veía cómo las heridas desaparecían en una alegría renovada.

Rafael Arenas García