New York Times

viernes, 28 de octubre de 2011

Más sobre Richard Bancroft

Vuelvo con la locura ésta de que el verdadero autor de las obras de Shakespeare es Richard Bancroft, arzobispo de Canterbury y contemporáneo del actor a quien se atribuye una de las obras literarias más impresionantes de Occidente (si no la más impresionante). Dando vueltas por Internet en búsqueda de alguien que haya lanzado la hipótesis de que Bancroft es el verdadero Shakespeare me tropiezo con la información de que en algún momento se ha planteado la duda acerca de si Shakespeare participó en la redacción de la versión de la Biblia del Rey Jaime, una magna obra de traducción de toda la Biblia al inglés en la que participaron cincuenta y cuatro traductores y que estuvo supervisada por... ¡Richard Bancroft!
No he encontrado -todavía- que alguien haya defendido que Brancroft es Shakespeare; pero sí la duda sobre si Shakespeare participó en una obra en la que sabemos a ciencia cierta que colaboró Bancroft. ¿Podríamos pensar que ese gran escritor (Bancroft), imposibilitado de dar a conocer su obra bajo su propio nombre, había dando rienda suelta a su talento oculto en la traducción de la Biblia sin ser capaz de  disimular que la misma pluma que traducía o supervisaba la versión inglesa de los Salmos o del Libro de Judit era la que había escrito Macbeth o Julio Cesar? O, quizás, deseando que en algún momento su secreto fuera descubierto y finalmente brillara con luz propia el auténtico autor de las más grandes tragedias que en la escena se han representado, el talento más grande que ha conocido la lengua inglesa. ¿Hay alguien ahí afuera que me responda?

¿El auténtico William Shakespeare?

lunes, 17 de octubre de 2011

Los soldados del Rey

Y los soldados del Rey se los llevaron a todos a un castillo lejano y en el castillo les dijeron: "habéis sido elegidos para ser los soldados más valientes y feroces de nuestro Rey. Aquí os convertiremos en los mejores guerreros; pero para eso tenéis que olvidar a vuestras madres y a vuestros padres, a vuestros hermanos y vuestras casas". Los niños se preguntaban cómo podría ser eso; pero enseguida se lo aclararon: "vendrá el Mago y os dará un brebaje que os convertirá en fuertes y valientes y hará que os olvidéis de los que habéis dejado atrás". Entonces hizo su aparición en el patio del castillo, donde estaban formados todos lo niños, un Mago de vestido largo y sombrero con plumas en la cabeza. Llevaba una bandeja con seis copas y ofreció de ellas a todos los niños. Los niños cogieron la copa y bebieron; todos menos uno, que disimuladamente derramó el líquido mientras aparentaba beberlo. Cuando hubieron bebido el Mago se dirigió a uno de ellos: "Te acuerdas de tu padre", le preguntó. "No", respondió el niño. "Te acuerdas de tu madre". "No", volvió a decir el niño. "Te acuerdas de tus hermanos". "¿Qué son hermanos?" respondió otra vez el pequeño. "Te acuerdas de tu casa". "Nunca he tenido casa", fue lo que contestó el muchacho". "Bien" dijo complacido el Mago. "Ahora toma esta espada y parte ese tronco de un solo golpe", y le dio una espada al niño. El niño se dirigió al tronco y de un solo golpe lo partió en dos.
El niño que no había bebido el brebaje se acordaba de su padre, de su madre y de sus hermanos; pero temía no tener la fuerza que ahora tenían sus compañeros y se descubriera que no había tomado el brebaje. Así que decidió entrenarse por su cuenta para adquirir la misma fuerza que ahora tenían el resto de niños. Levantaba pesas, hacía flexiones y corría por las noches escapándose de la habitación en la que dormían. Tanto se esforzó que acabó siendo el más rápido y fuerte de todos los niños, y también el más diestro con las armas y en todos los ejercicios que les proponían.
Pasaron los años y el entrenamiento acabó. Los niños se convirtieron en soldados y tuvieron que ir a la guerra. El niño que no había tomado el brebaje fue designado jefe de sus compañeros por su valor, habilidad y fuerza. Con pericia les guió en sus primeros combates y derrotaron a los enemigos del Rey. Tras la primera guerra vino otra en la que también lucharon con valor y vencieron. Casi no había acabado ésta cuando el Rey llamó a los seis guerreros a su palacio y les dijo: "Todavía tenéis que derrotar a otro enemigo mío, un traidor que me ha robado una parte de lo que era mi reino y traído a su causa a los habitantes". Dirigíos allí y exterminad a todos, no dejéis a nadie vivo de los que allí encontréis."
Los guerreros asintieron, tomaron sus armas, montaron en sus caballos y se lanzaron al galope hacia donde les decía el Rey. Dos días después de su partida estaban llegando a las tierras que les habían indicado. A medida que se acercaban a la primera aldea que debían arrasar el soldado que de niño no había bebido el brebaje comenzó a recordar campos y casas. Se dio cuenta de que aquella era su propia aldea. Estaban ya casi junto a las primeras casas del pueblo y se disponían a atacar cuando ordenó que todos se detuvieran. Nadie entendió la orden, pero era el comandante y había que obedecerle. "No atacaremos hoy, acamparemos junto a aquellos árboles y mañana arrasaremos el pueblo". Dieron media vuelta y establecieron el campamento allí donde había indicado.
A la noche el jefe de los guerreros no podía dormir. No sabía cómo evitar que el pueblo del que tan bien se acordaba fuera arrasado. Paseando por los alrededores del campamento se llegó a la vera de un río. Allí, a la luz de la luna vio a una joven y hermosa mujer que parecía estar lavándose los pies en el agua.
- ¿Qué te preocupa, joven guerrero? - le preguntó.
El guerrero, sorprendido, le contó toda su historia y su angustia al no encontrar la forma de evitar que fuera él mismo quien destruyera su pueblo.
- Haz que tus soldados beban del agua del río, si lo hacen recordarán todo lo que el brebaje les hizo olvidar.
A la mañana siguiente el guerrero ordenó a sus soldados que llenaran sus cantimploras en el río, pero que no bebieran hasta que él se lo ordenase. Todos obedecieron, llenaron las cantimploras y montaron en los caballos lanzándose al galope hacia el pueblo.
Cuando estaban dispuestos en torno al pueblo para lanzarse al ataque el jefe les ordenó que bebieran. Todos lo hicieron y a todos les vino a la vez el recuerdo de aquel sitio que habían abandonado hacía tantos años. Estaban sorprendidos y fue el jefe quien les tuvo que explicar todo lo que había pasado. Cuando se dirigieron al pueblo ya habían abandonado las armas y entraron en él a pie, cogidos los caballos de las bridas, sintiéndose todavía los niños que eran cuando fueron raptados.
Sus madres, padres, hermanos y amigos les reconocieron y abrazaron, volvieron a sus casas y durmieron en las camas de su infancia. Durante dos días recobraron la niñez que habían perdido.
Al cabo de dos días, el jefe de los guerreros les reunió.
- No podemos seguir aquí indefinidamente - les dijo- el Rey mandará más soldados para arrasar el pueblo al ver que nosotros no lo hacemos. Tenemos que ser nosotros los que ataquemos. Iremos a la capital y derrocaremos al Rey.
Todos se juramentaron, tomaron sus armas, se subieron en sus caballos y se lanzaron como flechas hacia el palacio real.
Como eran tan buenos guerreros derrotaron a todos los soldados que les trataban de impedir el paso, llegaron al palacio del Rey y lo capturaron. Por todos sus crímenes lo encerraron en una celda para el resto de sus días.
Hubo entonces que nombrar un nuevo Rey, y el elegido fue el niño que no había tomado el brebaje, el jefe de los guerreros, que era una niña y se llamaba Cecilia, y sus compañeros eran Iker, Jordi, Joel, Maria y Laia.

viernes, 14 de octubre de 2011

Ideas de bombero

Andamos todos como locos con lo de la crisis para arriba y para abajo, y no es para menos, está claro. No voy a ser menos que la mayoría y también diré que la cosas está muy mal, que no se le acaba de ver solución y que entre unos y otros van a acabar con nosotros. Son muchos los problemas que nos acucian, pero para mi el fundamental es lo bajo de los salarios, tal como ya dije aquí en varias ocasiones. De que los salarios sean bajos se deriva una escasa capacidad de consumo, problemas para el fisco (que donde tiene más fácil recaudar es de las rentas del trabajo) y potenciales problemas para la Seguridad Social, ya que las cotizaciones también están en función del salario. La claridad del problema hace que me sorprenda que no sea presentado como lo que es: la debilidad estructural más importante de la economía española y, por el contrario, se insista en medidas que conducen a una disminución acentuada de los salarios.
Ciertamente, cuando el problema parece preocupar poco a quienes nos gobiernan resulta ilusorio pedirles soluciones para ello; soluciones que, si quieren ser estructurales, han de implicar un cambio significativo del modelo productivo, lo que lleva, a su vez, a profundizar en las inversiones en sectores como la educación, universidades e investigación, yendo mucho más allá de las operaciones de maquillaje que hemos vivido en los últimos años.
Ahora bien, incluso sin llegar a esos cambios estructurales se podría hacer alguna cosa que pudiera tener incidencia en este problema. Se me ocurría así, sin contrastarlo ni meditarlo (y de ahí el título de la entrada) que quizás pudiera utilizarse el Impuesto de Sociedades a este fin. La idea sería tan sencilla como ajustar el tipo del impuesto a los salarios de los trabajadores de las empresas de la sociedad. Así, si la mayoría de los trabajadores de una sociedad tienen un sueldo que no llega a los mil euros podríamos fijar un tipo del Impuesto de Sociedades del 40% (por ejemplo); si el salario de la mayoría de los trabajadores (no la media, que con la media es muy fácil compensar sueldos paupérrimos con remuneraciones de escándalo para los directivos) se sitúa entre los mil y los mil quinientos euros mensuales el tipo bajaría al 35%, si ese salario se ubica en la franja de los mil quinientos a los dos mil euros el tipo bajaría al 25%, si está entre los dos mi y dos mil quinientos euros el tipo sería del 20%, si se coloca entre los dos mil quinientos euros y los tres mil el tipo bajaría al 10% y, atención, si supera los tres mil euros el tipo sería del 0%, no habría Impuesto de Sociedades.
La idea que se pretendería transmitir es que se potenciaría a aquellas empresas que realizan un esfuerzo de distribución equitativa de salarios y que, además, crean valor añadido, aquellas empresas que operan en sectores en los que se genera más riqueza. ¿Disminuiría la recaudación? No creo, ya que cuanto más ganen los trabajadores más será lo que paguen por IRPF. La justicia de la medida estaría en que aquellas empresas que pagan mal a sus trabajadores verán gravados sus beneficios como "compensación" (las comillas son extraordinariamente necesarias) a su ineficiencia en generar salarios lo suficientemente altos. La pregunta sería ¿es justo que tenga beneficios una empresa que no puede pagar a sus trabajadores ni siquiera mil euros al mes? ¿podemos equilibrar esta injusticia haciendo pagar un impuesto mayor sobre estos beneficios?
Ya digo que es una idea de bombero y, seguramente, impracticable; pero se trata también de un grito desesperado que nace de ver cómo estamos tirando nuestra economía, nuestra sociedad y nuestro país a la basura sin que nadie ofrezca ni una sola idea, ni un solo hálito de esperanza.

domingo, 9 de octubre de 2011

Sobre academias y fragatas

Me ha sorprendido el artículo de Javier Marías de hoy en El País Semanal. En él explica que hace unas semanas falleció Don Eliseo Álvarez-Arenas, almirante de la Armada y miembro de la Real Academia Española (RAE). Al hilo de la figura del recientemente desaparecido, Javier Marías explica que quizás ha habido siempre un marino en la Academia para la correcta definición de los muchos términos marinos del español. Y es aquí donde viene mi sorpresa, porque bien había pensado hasta ahora que nunca un hombre de mar había formado parte de la RAE o, al menos, que hacía décadas que ninguno se ocupaba de los términos marinos que contiene el Diccionario de la Lengua Española del que es autora tan prestigiosa institución.
Esta impresión mía (equivocada como se ve) tiene su origen en una rápida consulta al Diccionario de la RAE hace unos años. En medio de una de esas periódicas polémicas sobre la definición de este o aquel término (que si "maestra" como mujer del maestro, o las diferencias entre las acepciones de "zorra" y "zorro", ya no me acuerdo qué fue en aquella ocasión) me tropecé con la definición de "fragata". Para el Diccionario "fragata" era "Buque de tres palos, con cofas y vergas en todos ellos. La de guerra tenía una sola batería corrida entre los puentes, además de la de cubierta". Leí y releí la definición estupefacto. Ciertamente, al igual que cualquiera que hubiera disfrutado con "De grumete a almirante", "Trafalgar" de Pérez Galdós o cualquiera de las novelas de Patrick O'Brian sobre el capitán Jack Aubrey, sabía a qué se refería el Diccionario: definía el término fragata tal como era empleado en el siglo XVIII, en la época de la navegación a vela; pero a la vez me imaginaba la sorpresa de cualquier escolar actual que se dirigiera al diccionario para consultar el sentido de la palabra "fragata" empleado, por ejemplo, en la siguiente frase que bien podría encontrarse en cualquier periódico actual: "España envía una fragata al Índico para colaborar en la lucha contra la piratería"; o ésta otra del número de hoy de El País: "El mantenimiento de los cuatro barcos norteamericanos [los destructores desplazados a Rota en el marco del escudo antimisiles], dada la similitud de su sistema de combate con el de las fragatas F-100 españolas..." ¡Vaya! Así que este escudo antisimisiles está basado en barcos cuyo sistema de combate es semejante al de "buques de tres palos con cofas y vergas en todos ellos y con una sola batería entre los puentes además de la de cubierta".
¿Cómo es posible que un término como éste, "fragata" no haya sido revisado en todas estas décadas? Y digo décadas porque hace décadas que las marinas del mundo (incluida la española) utilizan buques de guerra a los que denominan "fragatas" y que nada tienen que ver con la definición del Diccionario de la RAE. Me imagino que no será un ejemplo aislado y que, por tanto, es probable que no pocas de las definiciones de dicho Diccionario resulten ya prácticamente inútiles.
Durante la elaboración de mi tesis doctoral le cogí cierta manía al Diccionario de la RAE. A veces mis directores me recriminaban que utilizaba una palabra "que no existía", y el criterio de dicha existencia era el Diccionario de la RAE, al que se le otorgaba un valor normativo. A mi siempre me pareció que las palabras existen desde que se utilizan y que ningún diccionario puede alterar eso. Los buenos diccionarios no deben ser normativos, sino ganarse un prestigio por resolver de forma acertada las dudas que puedan asaltar a los usuarios del idioma y ayudándoles en su utilización mediante definiciones rigurosas y actualizadas. Evidentemente no se trata de convertir el diccionario en una enciclopedia; pero que la definición de "fragata" en el diccionario normativo del español sea la que he transcrito me parece una tomadura de pelo. Si en la Academia había un almirante y edición tras edición el término ha permanecido inalterado es que hay un problema en esa institución, y un problema grande, además. No me extraña que el diccionario pierda prestigio entre los profesionales y que su influencia se deba cada vez más únicamente a ese presunto carácter normativo que tan antipático me resulta. Cada vez lo veo más como una de esas fragatas que define en medio de un océano lleno de barcos mucho más modernos, más rápidos y mejor armados.



sábado, 1 de octubre de 2011

El árbol de la vida



Ayer vi "El árbol de la vida", de Terrence Malick y salí del cine con ganas de llorar; de llorar de pena al ver de qué forma tan estúpida se había malogrado la que podía haber sido una muy buen película.
Si no fuera porque se trata de Malick, a la media hora de proyección estaría pensando que me habían tomado el pelo, que había una cámara oculta o que el distribuidor de la película se había vuelto borracho y hacía pasar por película de ficción lo que no era más que un documental, ingenuo y pretencioso, sobre el origen de la vida; un documental que recorre unos cuantos miles de millones de años en unos minutos y acaba en el momento de la extinción de los dinosaurios; un documental que no es que esté mal; pero que ganaría si se quitara la música grandilocuente que le acompaña y se sustituyera por una voz en off que fuera explicando lo que se ve ("aquí podemos ver cómo se forman los primeros seres con ADN, obsérvese el antecedente de la conocida doble hélice"; "vean ahora cómo este avance supone una rápida proliferación de la vida por todo el planeta, no sólo en los océanos sino también en la tierra firme", etc.). Como digo, hubiera ganado el documental, aunque seguiría siendo un documental, no una película.
La película comienza a la media hora (más o menos, no miré el reloj para ir comprobando los tiempos); y es una muy buena película. La historia de una familia de clase media americana en los años cincuenta del siglo XX. El padre, la madre, tres hijos a los que se ve nacer y que durante la mayor parte de la historia tienen entre ocho y catorce años aproximadamente. Una historia bien contada a partir no de los grandes acontecimientos, sino de los sucesos ordinarios de la vida y que transmite a través de escenas cotidianas las grandes tensiones, los grandes dramas que en las familias son trasunto de conflictos universales: la autoridad del padre, la relación de éste con la madre; la forma en que los hijos toman a ambos como modelos; el cariño hacia los hijos y, a la vez, la violencia sobre éstos; las tensiones entre los hermanos (en parte por competir en la búsqueda del cariño de los padres); el descubrimiento de la sexualidad... Un buen puñado de humanidad bien presentado y en el justo término entre la historia concreta y los principios universales que representa. Muy buena y con momentos memorables en su aparente sencillez.
Y cuando llevas ya hora y media disfrutando de la película de verdad y ya casi no te acuerdas de las explosiones solares, las amebas y los meteoritos del comienzo; cuando crees que pese a todo te vas a quedar con un buen sabor de boca... ¡pumba! otro cuarto de hora (más o menos) de imágenes pretendidamente transcendentes y en realidad bastante ingenuas (una puerta en un espacio abierto, playas, terrenos rocosos...; todo de un simbolismo bastante básico, vaya); bonitas, pero carentes de la profundidad del mejor Malick, el de "La delgada línea roja" o "Días de cielo". Un cuarto de hora en el que, además, campa a sus anchas un Sean Penn que claramente no sabe qué es lo que se espera de él (y seguramente no es suya la culpa). Si, aún confundido por el buen recuerdo que deja la parte nuclear de la película, uno duda sobre si otorgar más valor a esas imágenes del final que el que aparentemente tienen; una patética repetición de un plano con girasoles que se retoma del comienzo de la película y el tópico plano final acaban por confirmar que en esta película Malick no ha acertado. Es una pena, porque, como digo, elementos hay de una buena película; pero para haberla conseguido hubiera sido preciso renunciar a todo el simbolismo fácil, que no hace más que estorbar, y concentrarse en esa historia de familia que tanto juego da. Ahí hay una película; el resultado final es, sin embargo, un tedioso, largo y pretencioso documental en el que hay que poner mucha voluntad para disfrutar del buen cine que en él se esconde.