New York Times

viernes, 26 de diciembre de 2008

Pensamiento único, pensamiento corporativo



La justicia es, sobre todo, cosa de papeles. Demandas, providencias, autos, recursos, incidentes, ejecutorias, certificados, mandamientos, interlocutorias, rogatorias... un sinfín de documentos que cumplen una función precisa: garantizar que todo el inmenso poder coactivo del Estado no se ponga en marcha más que cuando es justo, cuando es adecuado; y es necesario que sea así. La justicia puede quitártelo casi todo. En España no la vida, pero sí la libertad, tu casa, tu dinero, la posibilidad de ver a tu hijo... Nadie es tan poderoso en España como el Estado y la manifestación última del Estado es la administración de justicia; porque ella es la que tiene la última palabra en todo litigio, toda disputa, incluso en toda sanción que pueda dictar una administración cualquiera.
Desde hace siglos existe conciencia de que ese inmenso poder debe sujetarse al procedimiento. El procedimiento no es más que la sucesión de actuaciones, necesariamente documentadas para que existan garantías, que conducen desde la denuncia o la demanda a ese momento terrible en el que la puerta de una prisión se cierra o se procede a la subasta de la casa de alguien.
Todos esos papeles son gestionados por las distintas sedes de la administración de justicia: juzgados de primera instancias, juzgados de instrucción, juzgados penales, juzgados de lo contencioso administrativo, de lo laboral, audiencias provinciales, audiencia nacional, tribunales superiores de justicia, tribunal supremo... Las necesidades de la justicia, del procedimiento exigen que todos esos papeles vayan de una a otra oficina, de uno a otro tribunal; generando este movimiento, a su vez, más papeles, ya que todo debe constar, quedar por escrito, documentarse. Es necesario para que existan las debidas garantías, ya lo he dicho antes.
Es claro que por el volumen de los papeles que se generan en la administración de justicia, por la importancia sustancial de lo que representan y por la necesidad de una eficaz comunicación entre los distintos órganos jurisdiccionales sería necesario que esta administración de justicia estuviera dotada de medios excelentes, personal, equipamientos informáticos, intranets de gestión, etc. Curiosamente, sin embargo, en nuestro país nada de esto sucede. Es experiencia común de quien se acerca al Registro Civil, por ejemplo, asombrarse de que en el siglo XXI aún no se haya producido la informatización de los documentos que allí constan. Cualquiera que se pase por un Juzgado comprueba que los legajos, papeles y escritos se acumulan entorno a los ordenadores antediluvianos que aún conviven con máquinas de escribir en no pocas oficinas judiciales.
No es por tanto, extraño que se extravíen papeles, que se acumulen retrasos y que, en ocasiones, no sea hasta años después de concluido un plazo que se dicta la decisión que era debida. Son circunstancias habituales en nuestra administración de justicia que tienen mucho que ver con la escasez de medios y de personal. En lo primero contaré que conozco a una magistrada que se pasa una vez a la semana por la Audiencia, mete en una maleta los expedientes sobre los que tiene que resolver y se va con ellos a su casa, porque no dispone en su lugar de trabajo de una mesa. Sobre lo segundo diré que, al menos hace unos años, cuando consulté el dato, resultaba que en Alemania el número de jueces era cuatro veces el número de jueces de España. Teniendo en cuenta que la población de Alemania es, aproximadamente, el doble de la población española, resultaría que en España deberíamos tener el doble de jueces de los que disponemos en la actualidad para que su volumen de trabajo fuera el de un juez aleman.
La falta de personal y de medios de la justicia es uno de los tópicos más conocidos por cualquiera que tenga el mínimo contacto con el derecho en España, la existencia de errores, traspapeles y retrasos es también experiencia común de todos los que tienen un mínimo conocimiento del funcionamiento de los tribunales. No es nada nuevo, y año tras años se ven pasar gobiernos, ministros y consejeros sin que se haya apreciado un interés serio por cambiar sustancialmente la política de medios y de personal de la justicia española.
Es por todo lo anterior que me sorprende un tanto la reacción del Gobierno en el asunto de la sanción al juez Tirado. Confieso que no tengo conocimiento directo del asunto (como supongo que la mayoría de los que están opinando en tertulias y periódicos sobre el mismo), por lo que me limitaré a transmitir mis impresiones personales sobre el desarrollo de los acontecimientos, enmendables por cualquiera que tenga más información que yo.
Cuando se supo que el asesino de Mari Luz tenía pendiente de cumplir una condena de prisión que no había sido ejecutada por un retraso inexplicable de la administración de justicia no me sorprendió mucho; como digo, cosas como éstas pasan con frecuencia, más por la falta de medios de la justicia que por otra cosa. Lo que me comenzó a sorprender fue la contundencia con la que entonces se manifestó el presidente del gobierno, haciendo patente su intención de llegar al fondo del asunto. Entonces pensé: "cuidado, porque el fondo del asunto es que debería haberse hecho hace años una reforma de la justicia que no se ha abordado, por lo que, teniendo en cuenta que el Presidente ya lleva cuatro años en el poder, podría resultar que en el fondo del asunto estuviera él". Evidentemente, poco se tardó en desviar el tema hacia la oficina judicial, y ahí el Ministro de Justicia, haciendo uso de la potestad que tiene sobre la secretaria del juzgado, procedió a sancionarla con dureza. Me sorprendió desagradablemente esta sanción. Aún sin conocer los detalles del caso me parece del todo punto desproporcionado el intento de responsabilizar de la muerte de Mari Luz al juzgado que no había ejecutado la orden de prisión para el asesino, e injusto pretender tapar con esta responsabilidad personal la falta de medios de la justicia.
Seguramente de ser el Ministro de Justicia competente para sancionar al juez Tirado hubiera obrado con la misma contundencia que contra al secretaria sancionada; pero, claro, al tratarse de un juez la competencia para sancionar la tiene el Consejo General del Poder Judicial, y no el gobierno. La sanción del Consejo ha sido más leve que la que en su día impuso el Ministro de Justicia, más ajustada, seguramente, a la realidad del caso y alejada, por tanto, de la tentación de un linchamiento público que viene jaleándose desde el gobierno. En estos días asistimos a la reacción del gobierno ante esta sanción, y es una reacción airada. Sinceramente, me preocupa.
Y me preocupa porque en esta reacción creo percibir el enfado porque el Consejo General del Poder Judicial se haya apartado de la línea seguida por el Gobierno. El Ministro de Justicia había marcado un camino y el Consejo prefirió seguir por otro, como digo, seguramente más justo. El Gobierno y el Consejo General del Poder Judicial obraban cada uno dentro de sus competencias y creo que desde una perspectiva institucional hubiera resultado más sano que el Gobierno se hubiera abstenido de criticar (¡y con qué dureza!) la decisión del Consejo. ¿Qué hubiera pasado si el Consejo hubiera reaccionado de la misma manera ante la sanción que el Ministro de Justicia impuso a la Secretaria del Juzgado? Hubiera resultado impensable ¿verdad? pues igual de impensable debería ser que el Presidente del Gobierno se manifestara de la forma en que lo está haciendo ante el ejercicio legítimo de sus competencias que hace el Consejo General del Poder Judicial.
A mi me parece grave esta injerencia del Gobierno en el Consejo, sobre todo porque es prueba de que la falta de tolerancia de los partidos políticos ante las mínimas muestras de discrepancia que puedan darse desde la sociedad. Soy consciente de que acabo de hacer un salto lógico, he pasado del Gobierno a los partidos; pero creo que es justificable. Las auténticas estructuras de poder actual son los partidos políticos, se asciende en el partido y de ahí se pasa al Legislativo (las Cortes, los Parlamentos autonómicos) o al Ejecutivo y la Administración (el Gobierno de España, los gobiernos de las Comunidades Autónomas, los ayuntamientos, las diputaciones). En este sentido los Parlamentos y los gobiernos municipal, autonómico y central son sucursales directas y evidentes de los partidos políticos. En todos estos ámbitos los partidos colocan sin problemas, legal y legítimamente a sus miembros; pero ya no es bastante. El Poder Judicial aún se resiste, y no porque los Jueces sean impermiables a las ideologías o a los partidos, que no lo son; sino porque en este ámbito no se puede colocar directamente a los miembros del aparato del partido. No opera el Poder Judicial como un destino directo para quienes han hecho carrera en el partido. Bueno, tras la última renovación del Consejo General del Poder Judicial esto se podría matizar; pero aún estamos lejos de que los tribunales se conviertan en un equivalente de las diputaciones a estos efectos.
Tengo la impresión de que los partidos no se encuentran satisfechos con esta situación. Ellos quieren para si a toda la sociedad en un doble sentido: en primer lugar, para poder pagar servicios al partido y, en segundo lugar, para tener una influencia directa en todas las esferas donde se desarrolla actividad humana. En ese sentido allí donde hay cualquier movimiento social debe estar el partido, parece ser esta la consigna.
Y hemos llegado al punto en que cuando alguien no se quiere plegar a las exigencias de los partidos se arriesga a que sobre él caigan las iras del poderoso. "Sométete o muere". Cede al pensamiento único, a la partitocracia o atente a las consecuencias. Es por eso que las graves acusaciones de corporativismo que desde el partido en el Gobierno se han apresurado a lanzar sobre el Consejo General del Poder Judicial me producen escalofríos. En la Guerra de las Galias se cuenta cómo Julio Cesar solía ofrecer a las ciudades que sitiaba la posibilidad de rendirse. Si rechazaban su oferta eran arrasadas sin piedad, en alguna ocasión, incluso, mató a todos sus habitantes, pese a la tremenda pérdida que le suponía no poder venderlos como esclavos, tal como el mismo cuenta. Las palabras de estos días me han hecho recordar esos terribles episodios. Julio César parece haber dado ya la orden de atacar la fortaleza judicial.


miércoles, 24 de diciembre de 2008

No es el mejor día...

Leo en el blog de Eduardo Rojo (http://eduardorojoblog.blogspot.com/) que hoy, día de Nochebuena, hoy precisamente se publica en el Diario Oficial de la Unión Europea la Directiva de Retorno. De la Directiva de Retorno se habló hace unos meses, levantó una cierta polvareda y, luego, fue enterrada bajo esa misma polvareda para ser aprobada de una manera poco ruidosa. Se trata de una norma de la Unión Europea (permítaseme ser poco preciso en este punto) que habilita a los Estados miembros para que regulen las vías de retorno de los nacionales de terceros países (esto es, nacionales de países que no sean miembros de la Unión Europea) que se encuentren en situación irregular en el territorio comunitario.

Es casi un sarcasmo que un día como hoy, en que todos son buenas palabras: amor, fraternidad, etc., por tópicas y vacías que puedan ser; se aproveche para hacer oficial una norma que muestra de nuestra falta de voluntad de acogimiento hacia aquellos que pretenden una vida mejor para ellos y sus familias, una norma que hace oficial la fortaleza europea -vivamos nosotros felices y allá con lo que les pase a los que se encuentran fuera de nuestros muros- una norma que permite que una persona que no ha cometido ningún delito esté en prisión (internada dice la norma, con cínica expresión) hasta dieciocho meses.

No es esta la vía de hacer una Europa justa; pero tampoco es la vía de hacer una Europa fuerte. Los países que históricamente han sido fuertes lo han sido porque han sido foco de atracción y de integración. La inmigración es una tremenda oportunidad para Europa y satanizándola no solamente hacemos un flaco favor al resto del Mundo, sino también a nosotros mismos.

Paz y Amor para todos. Felices Fiestas.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Lo de Bombay

Se queja en El País Ignasi Guardans, eurodiputado español presente en Bombay durante los últimos atentados, de que en medio de la crisis que padecía la ciudad, los ciudadanos europeos volvían a ser españoles, franceses, italianos o polacos. Las representaciones diplomáticas en la India de los Estados de la Unión velaban sólo por la vuelta "de los suyos", sin preocuparse de la suerte del resto de ciudadanos europeos.
No me sorprende, la verdad, y además es coherente con lo que ya he dicho en otras entradas: la política exterior europea tiene que ser algo diferente de la coordinación (imposible) de las políticas exteriores de los Estados miembros. Mientras no exista un Ministro de Asuntos Exteriores europeo (y un Ministro de Defensa) con legitimidad autónoma, presupuesto autónomo e infraestructura propia no podemos esperar que las representaciones diplomáticas de los Estados miembros actúen de forma diferente a como lo hacen.
En definitiva, la política exterior europea debe sumarse a las políticas exteriores de los Estados miembros; pero sin sustituirlas y sin conformarse con ser una mera puesta en común o coordinación de las políticas nacionales. La crisis de Bombay es el último ejemplo de lo inútil que resulta continuar por esta vía.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

¿Es tan mala la Universidad española?

Uno de los chistes que más me gustan es aquél en el que un señor se encuentra de noche bajo una farola aparentemente buscando algo. Un transeúnte se le acerca y le pregunta qué ha perdido. El señor responde que sus llaves. El transeúnte, con ánimo de ayudar, pregunta si se le han caído por allí y el señor responde, para asombro del viandante, que no, que se le han caído hacia allá, y señala un punto lejano. “Entonces, por qué está buscando las llaves aquí”, le pregunta, y el señor responde: “Porque aquí es donde hay luz”. Es claro que no es un mero chiste. De hecho, como chiste ya no tiene ni gracia porque es muy conocido y ya no sorprende; pero esta pequeña historia encierra alguna lección importante. Ayer me volví a acordar de ella leyendo las noticias que publicó El País sobre el informe de Lisboa sobre la calidad de las Universidades europeas.

La noticia publicada por el periódico era bastante alarmista. Comenzaba diciendo algo así como que ya se sabía que la Universidad española no resistía ninguna comparación seria con las Universidades de nuestro entorno, pero que ahora esto era evidente porque el Infome de Lisboa nos colocaba en último lugar entre diecisiete países. A partir de aquí se desarrollaba un discurso bastante catastrofista en el que se mezclaba nuestra pésima calidad científica con nuestro éxito en el programa Erasmus, debido, según el articulista, a la fiesta que se vive en España y que atraía a estudiantes extranjeros poco interesados en aprender realmente algo en nuestras lamentables universidades.

Esta noticia, como digo, me hizo acordarme de la historia de la farola. Y es que cuando se plantean determinados problemas es más fácil buscar donde hay luz (en la Universidad) que analizar con rigor la causa de esos problemas.

El País, a partir del informe de Lisboa concluye en la pésima calidad de nuestras universidades. Bien, en cualquier análisis sobre calidad ha de estar claro qué se mide. Si estamos hablando de calidad de un sistema educativo la medición debería hacerse a partir de lo que aprenden los estudiantes. Creo que es el criterio más lógico.. Si se trata de la Universidad es preciso medir también la producción científica de la misma. A partir de aquí podemos discutir sobre en qué forma deben mesurarse estos dos elementos (aprendizaje de los estudiantes y producción científica); pero pocas dudas me caben de que esto es lo que determina la calidad de la Universidad.

¿Mide el informe de Lisboa el nivel de conocimientos y capacidades de los estudiantes y la producción científica de las Universidades? La respuesta es no. De acuerdo con la información de El País, lo que mide es el número de titulados en relación a la población que podría estudiar, la empleabilidad de los titulados y la capacidad de adaptación del sistema Universitario. He creído entender que este último elemento se medía a partir del grado de implementación del proceso de Bolonia en cada Universidad; pero de esto último no estoy seguro. En cualquier caso, no creo que esta mayor o menor adaptación o capacidad de adaptación sea, en sí misma, un elemento que tenga relación directa con lo que saben los alumnos o producen científicamente los profesores, por lo que no me parece un indicador adecuado para medir “la calidad” de un sistema universitario.

Pasemos a los otros dos: el primero es el número de titulados en relación a la población que podría estudiar. Es claro que este indicador tampoco tiene gran cosa que ver con la calidad del sistema universitario. Las causas de que no acudan estudiantes a la Universidad pueden ser tan variadas que atribuir toda la culpa a una pretendida falta de calidad del sistema universitario me parece una especulación gratuita. Y si el problema no es que no acudan estudiantes, sino que no consiguen graduarse de nuevo las causas pueden ser variadas, desde los déficits de la formación con la que se accede a la Universidad hasta la escasa dedicación de los alumnos o -también es posible- defectos en el sistema universitario. Es cierto que la calidad de la Universidad puede incidir en la escasez de titulados; pero de nuevo ha de determinarse en qué medida esta hipotética falta de calidad es la responsable del mal resultado, sin que éste, por sí solo pueda atribuirse en su totalidad a pretendidas –y no explicitadas- deficiencias de la Universidad.

El último factor que nos queda por analizar es el relativo a la empleabilidad de los titulados. Para mi, el indicador cuyo análisis resulta más relevante. De nuevo aquí nos encontramos con que en el análisis periodístico la poca empleabilidad de los titulados es consecuencia de las deficiencias de la Universidad; pero esta es una conclusión que no es evidente por si misma y que sería preciso demostrar. Como decía antes la calidad ha de medirse por lo que saben y saben hacer los titulados. Si el nivel de conocimientos y capacidades es alto (a partir de los criterios que se acuerden establecer) no se puede culpar a la universidad de la escasa empleabilidad, porque en estas circunstancias será el conjunto de la sociedad la responsable de no saber sacar partido a la formación de los graduados universitarios.

El núcleo del problema se encuentra aquí, en la oscuridad de la calle y no en la fácil luz de la farola universitaria. El caso es que nuestra economía tiene una productividad muy baja, fruto de una dedicación excesiva a sectores con poco valor añadido y alejados de los ámbitos punteros en tecnología o servicios. El ladrillo y el turismo dan para lo que dan, y en una economía basada en estos elementos no es necesaria formación sofisticada. Si soltamos un ingeniero aeroespacial perfectamente formado en medio de un poblado en, pongamos por caso, Somalia; y este ingeniero no es capaz de encontrar trabajo no creo que resulte legítimo culpara a la Universidad que lo ha formado por esta falta de empleabilidad.

¿Supone lo anterior una visión complaciente de la Universidad española? Por supuesto que no. Hay muchas cosas que mejorar; pero precisamente para conseguir dicha mejora es necesario acertar en el diagnóstico, y siguiendo al estela de artículos como el publicado ayer en El País nos precipitaremos en la realización de reformas que se situarán justamente en la dirección contraria a aquélla en la que deberíamos avanzar.

jueves, 30 de octubre de 2008

Dioses


Los dioses le arrojaron a un bosque oscuro,

y se escondieron.

Los buscaba; pensaba que ellos jugaban.

Todo le recordaba su casa,

donde nunca había estado.

Una hoja era una real barcaza.

El viento traía el aire del Olimpo,

de la nieve virgen y blanca.

El sol hacía brillar un palacio de oro,

con jardines eternos,

vagos atardeceres

y rincones amenos.

Y, sobre todo, el amor,

multiplicador.

Esperaba con el corazón henchido,

latiendo.

Noventa y nueve, cien.

Despertó

en el silencio

de aquel bosque oscuro

de su nacimiento.

Y entonces supo

que no era un juego.



Bailén, 19 de julio de 1808



- Mierda.
- ¿Qué pasa?
- Los españoles. Ahí, en las colinas.
El sargento Fouchard dirigía su pequeño catalejo a las elevaciones que tenían enfrente, débilmente iluminadas ahora por el primer sol de la mañana que salía por detrás de aquellas lomas cubiertas por olivos.
Así que era eso. Desde que se había detenido el avance, unas horas antes, muchas habían sido las especulaciones sobre la razón de aquella parada. Habían salido de Andújar la tarde anterior. "Para aprovechar el fresco de la noche" se comentaba. Sabían que iban hacia Bailén y contaban con dormir en el pueblo. Descansar y seguir hacia el norte, saliendo de aquella Andalucía tostada por el sol del verano. Pero no habían llegado a Bailén. Se habían detenido allí al lado del camino, en medio de la noche. Primero sin saber que hacer, luego con la orden de montar guardias y dormir. A Jean Baptiste, como novato que era, le había tocado la peor guardia. La de mitad de la noche; así que no había dormido nada. Ni antes de la guardia, aún excitado por la tensión de aquel ejército en marcha (carros, hombres, cañones, caballos, ruidos, olores, prisas, voces, juramentos) por aquella tierra extraña, llena de olores y colores para él desconocidos; ni tras ella, embebido por las especulaciones de los grupitos que se formaban, normalmente en torno a los que aparentaban ser veteranos y que con voz engolada profetizaban bajo la autoridad de sus experiencias, reales o fingidas: "Ahora se estará reagrupando el ejército". "Es igual que en la campaña de Austria. Aquello sí que eran marchas. Del Canal de La Mancha a Austerlitz en un mes".
Jean Baptiste se quedaba escuchando con la boca abierta. Todo se lo creía. Tenía 17 años. Se había alistado hacía cuatro meses. Había dejado su pueblo de Normandía y se había ido hacia el sur. Siempre hacia el sur. La Borgoña, La Provenza y luego España. Cataluña, Castilla y, ahora, Andalucía. Siempre marchando. Caminar y acampar. Cuando volviera a casa y sus amigos le preguntaran que hacía un soldado respondería: "Caminar. Te colocas detrás de un compañero y andas y andas. La mayor parte del tiempo no sabes ni donde estás ni a dónde vas, solamente caminas. Solo los oficiales saben adónde vamos; a veces se reunen, miran unos mapas, discuten, señalan en una u otra dirección, recogen los mapas y dan la orden y ¡ala! otra vez a marchar".
Así habían salido de Andújar, donde habían pasado varias semanas. Estaba bien Andújar. Se había bañado en el río Guadalquivir, había disfrutado de la sombra de los olivos y casi se había atrevido a cortejar a una muchacha. Le hicieron desistir, sin embargo, los veteranos. "Chico, no pretendas estrenarte aquí, estos españoles nos tienen el ojo echado y si te metes en líos de faldas puedes acabar capón, espérate al menos a haber salido de Andalucía, que aquí tienen presente lo de Córdoba". Jean Baptiste no sabía qué era lo de Córdoba, pero se acojonó y dejo pasar las muchachas de ojos negros que a veces veía junto al río.
Le gustaba Andújar; por eso fue de los pocos que sintió marcharse del pueblo. Cogió su petate y el fusil y le echó una última mirada antes de coger la carretera. No pudo evitar pensar que quizás fuera la última vez que estuviera allí. Se habían puesto a caminar al anochecer y al cabo de unas tres horas les habían mandado parar. Escuchó juramentos por lo bajo. "¡Coño, por qué no llegamos hasta Bailén, que allí estaríamos mejor", decían algunos que ya conocían el pueblo y sabían que estaba a tiro de piedra. "Se lo habrán dejado a la división de Vedel y a nosotros que nos den", especulaban otros. El desastre de la organización, la incompetencia del general y la mala calidad de la comida se convirtieron en los tópicos protagonistas de aquella noche bajo las estrellas y los olivos.
Ahora sabían que la razón de su detención era que el enemigo, finalmente, les había localizado y todos, hasta Jean Baptiste, se dieron cuenta de que tendrían que dar batalla.
En el fresco de la mañana el olivar olía a retama y a hierbabuena. Jean-Baptiste oía la brisa mover las hojas y el sonido de sus pasos. Arriba, el cielo azul y unas pocas nubes, altas y blancas, abajo el verde de los olivos y el amarillo de la hierba reseca y quebradiza. Aún no hacía calor y el muchacho disfrutaba de aquel momento antes de que el sol de Andalucía volviera a caer perpendicular sobre su cabeza y el cansancio, el agotamiento, le invadiera.
Caminaba de nuevo. Un paso tras otro como tantos que había dado desde su casa en Normandía. Ahora, sin embargo, no llevaba ningún compañero delante. Ante él solamente los olivos dispersos en suave subida y, más allá de la loma, el azul del cielo y las nubes blancas. Henchía sus pulmones con aquel aire puro y fresco, mezclado con olores meridionales; azahar y mirto, hojas de olivo y hierba cortada no sabía dónde;disfrutaba del paisaje y se concentraba en los olivos ante él y en un seto formado por malezas que estaba un poco más arriba, cerca ya de lo alto de la loma.
Un ruido sordo y monocorde que le recordaba el tambor del regimiento. Pero no era el tambor. Era mucho más suave. Se abstrajo de los árboles, de las nubes y del cielo y pudo distinguirlo con claridad. Eran los pasos de sus compañeros. Miró a su derecha. Armand junto a él, como esperaba, concentrado lo que tenía frente a sí; y más allá René y Joseph y aún más allá otros conocidos, hasta llegar a quienes no conocía, pero vestían como él y mantenían su misma línea. Miró a su izquierda. Los bigotes de Pascal. Un veterano, era muy mayor. Quizás tuviera treinta o treinta y cinco años. Callado, poco sociable. No reía nunca. Más allá Gastón, casi de su misma edad y de Normandía, como él, aunque no se habían alistado juntos.
Trastabillo con una piedra. Casi se cae. Se recompuso y formó otra vez la línea. Sudor frío. El fusil estaba cargado, no debía dispararse hasta que llegara el momento.
"Mantener la línea es fundamental para vencer en la batalla". Recordaba la perorata del sargento hacía unos minutos, antes de iniciar el avance. "Si la línea se rompe la batalla está perdida". "Yo me ocuparé personalmente de los que rompan la línea". La expresión del sargento no podía ser más fiera. Tras aquellas palabras había hecho circular por las filas formadas una especie de saquito de piel seca y forma indefinida. Mientras el saquito pasaba de mano en mano el sargento les explicaba que eran las orejas y los testículos de un soldado bajo su mando que había roto la formación bajo el fuego enemigo hacía unos años. Nadie se lo creyó del todo, pero el escalofrío que al oír aquello recorrió a Jean-Baptiste desde la ingle hasta la nuca fue auténtico.
Ahora, sin embargo, Jean-Baptiste no se acordaba del saquito. Estaba concentrado en la subida. Sentía el aire de la mañana, pasando ya de fresco a tibio; sentía a sus compañeros a derecha e izquierda. Oía las pisadas de la fila que les seguía unos pasos más atrás. El peso del fusil en los brazos. El brillo de la bayoneta calada cuando un rayo de sol la rozaba, el petate a la espalda, las botas, el pecho que subía y bajaba. La tensión de los gemelos cuando la subida se pronunciaba. Y allá a lo lejos el matorral donde estaban los españoles.
Ni un ruido, ni un sólo disparo, ni un sólo cañonazo, ni una sola voz. ¿Cómo podía ser que en aquella tranquilidad se estuviera librando una batalla? Y sin embargo, no había ninguna duda. Estaba en medio de una batalla, su primera batalla.
Los españoles les habían cerrado el camino a Bailén. Si querían salir de Andalucía debían pasar por encima del ejército que tenían enfrente. El pelotón de Jean-Baptiste formaba parte de una compañía, la compañía de un regimiento y el regimiento de una brigada; y el general Dupont, al mando de todos ellos, había decidido que esa brigada sería la que tomaría las colinas que quedaban a la derecha de la carretera a Bailén. La brigada no estaba completa, aún faltaban soldados por llegar de Andújar; pero había prisa por dar la batalla y abrir el camino de salida de Andalucía; así que los oficiales y sargentos fueron formando las filas. Dos filas, una delante de otra para iniciar el ataque.
Cuando Jean-Baptiste vio la formación la confianza le inundó. Se habían formado dos hileras de soldados que debían de tener casi mil pasos de longitud. Con una fuerza así no sería difícil pasar por encima de los españoles apostados en la colina. Era su primera batalla, y aquella concentración de fuerza le parecía imponente al muchacho. Tan entusiasmado estaba que no supo interpretar los gestos de duda y los nerviosos movimientos de cabeza de los oficiales. Ocupó su sitio, cargó su fusil, ajustó la bayoneta e inició el camino olivar arriba cuidando de no salirse de la formación. Subía con una sonrisa en los labios.
José guardó otra vez la navaja en el bolsillo. Se echó en el suelo boca abajo y miró por el agujero que acababa de hacer en la retama que le servía de parapeto. Ahora podía ver a los franceses que subían olivar arriba. Ante sí distinguía a cuatro o cinco que marchaban casi hombro con hombro. Tras ellos aún se veía otra línea y quizás tras esta aún había otra. Desde allí no podía saberlo.
Agarró el fusil que tenía a su lado. Ya estaba cargado y con la bayoneta calada. Aún no había llegado el momento de disparar, pero quería tenerlo cerca. Los correajes, a los que aún no estaba acostumbrado, le molestaban al moverse en aquella posición poco natural. Sentía que la ropa le quedaba grande en algunos sitios y pequeña en otros. Le picaba la entrepierna y sentía el sudor en la espalda y en la frente, bajo el sombrero reglamentario que no osaba quitarse. Le dolían los riñones y los hombros.
Había pasado la noche en ese sitio, casi sin poder moverse. A derecha e izquierda más soldados de su compañía inmóviles, aguardando, sin poder levantarse para no descubrir su posición. Tras ellos, a pocos pasos, otra hilera de soldados que aprovechaba la protección de aquella línea de matorrales. No podían hablar para evitar descubrirse, por eso las órdenes pasaban de boca en boca, casi al oído: "cargar fúsiles", les habían dicho. Pensaba que la batalla comenzaría enseguida, su corazón se aceleró y repasó lo que debía hacer. A la orden de "preparados" debía ponerse en pie, apuntar y disparar. Agacharse inmediatamente para que pudiera disparar la segunda línea y, tras la descarga, sin esperar orden para ello, levantarse, cargar el fusil, sacar la baqueta antes de disparar -esto era importante, si no la retiraba, la baqueta saldría disparada, se perdería, el fusil sería ya inútil y, en caso de sobrevivir a la batalla, el sargento le daría una buena paliza- y disparar de nuevo.
Pero la batalla no empezaba, el fusil cargado estaba a mano, los minutos pasaban, el cielo comenzaba a clarear y la batalla no empezaba. Le picaban las piernas, la nariz... aquella inmovilidad le mataba. Claro, tenía dieciséis años, y a esa edad uno no está hecho para permanecer quieto.
Cuando se incorporó al ejército de Castaños hacia un mes no pensaba que estaría tanto tiempo quieto. Se imaginaba que la mayor parte del tiempo se la pasaría matando franceses, que para eso se había alistado. En su imaginación los franceses morían de formas diversas: unos fusilados, otros estrangulados o ahorcados; la mayoría, sin embargo, caían bajo su navaja, y ahí, de nuevo, se abrían diversas posibilidades: cortar el cuello, rajar la barriga, hoja directa al corazón -cuando se sintiera misericordioso- o navajazo al ojo. Lo de navajazo al ojo, a su vez, permitía distintas continuaciones. Por un lado, enterrar la hoja en la cabeza hasta llegar a los sesos; por otro lado, profundizar lo justo para hacer saltar el ojo y repetir la operación con el otro ojo ¿qué sería más horrible, morir o quedarse ciego? Le daba vueltas a la cuestión mientras hacía guardia, cuando comía o mientras aparentaba escuchar a sus compañeros.
Podría pensarse que los pensamientos de José eran crueles; pero él no compartiría esta opinión, él no se consideraba una persona cruel. Cuando le provocaban respondía, y además con contundencia; pero era raro que fuera él quien iniciara la discusión. De hecho podría decirse que era uno de los chavales más pacíficos de su pueblo. Ni siquiera cuando era un zagal se había dedicado a martirizar lagartijas, gatos o perros, a diferencia de lo que era habitual entre sus amigos. Le disgustaba, incluso, tener que golpear a las bestias. Ocasiones hubo en que al castigar a un pollino remiso se le habían saltado las lágrimas. Ahora, sin embargo, se regodeaba en sádicos pensamientos dirigidos a seres humanos... bueno, a seres humanos exactamente, no; porque José diferenciaba entre franceses y el resto de la humanidad. Ni por asomo se le ocurriría clavar una navaja en el ojo de otro español, un italiano o un alemán. Con los franceses, sin embargo, era distinto. Cualquier persona de otra nacionalidad debería haber agraviado muy seriamente a José para llegar a mover la ira de éste; sin embargo, en lo que tocaba a los franceses bastaba la pertenencia a esta nación para que le inundara el deseo de causar mal. Era irracional -José lo sabía-; pero, a la vez, inevitable, ineludible.
En algún momento José había intentado apartar aquellas imágenes crueles de su cabeza; pero sucedía que en esas ocasiones las escenas de franceses asesinados eran sustituidas por el sol de aquella tarde de hacía un par de meses en que había tenido que recoger junto al camino el cuerpo desnudo de su hermana, cubierto de suciedad y sangre. Recordaba entonces el llanto de María y las risas de los soldados que se alejaban e, inevitablemente, su cabeza volvía a poblarse con escenas de muerte, mientras que con el pulgar repasaba el filo de la navaja, comprobando que estuviera lo suficientemente mellado como para causar el mayor dolor posible.
Aún no se veía el Sol en el cielo. El frescor de la madrugada impregnaba todavía el aire. Pese a ello Jean Baptiste sentía el sudor en la palma de las manos y como ese sudor mojaba el cañón y la culata del fusil. Seguían subiendo, tranquilamente y en silencio. El corazón se había acelerado. Cada segundo se decía: "Ahora empezarán a disparar". Su agudo oído de adolescente prestaba atención a las mínimas variaciones en los ruidos del bosque intentando discernir el silbido de una bala de cañón, el ruido seco de cientos de fusiles que se arman a la vez. Pero nada sucedía. Seguían subiendo tan sólo rodeados por el atenuado retumbar de sus pisadas, el aleteo de los pájaros, el rumor de las hojas de los olivos movidos por la brisa.
Se impacientaba. Comenzaba a sentir la rigidez de los músculos, cansados por una subida en la que no había podido aliviarse con el braceo natural. Casi deseaba que se acabara la incertidumbre, que empezaran los disparos. Oteaba la colina intentando descubrir a los españoles. No veía nada. Ni un uniforme, ni una sombra, ni un movimiento. "Quizá ya no están. A lo mejor se han retirado al vernos". Desechaba el pensamiento por infantil y volvía a concentrarse. "No, siguen ahí, seguro; pero ¿cuándo dispararán?"
No quedaban más de doscientos metros para llegar a lo alto de la colina. Un poco más adelante había un seto de retama entre los olivos. Allí se deberían parar. Quizá tomaran posición y mandaran exploradores para ver si al otro lado de la colina se distinguía a los españoles. Quizá en aquel seto acabara su marcha.
Unos pasos más. Resultaba increíble, pero a estas alturas ya estaba claro que no había españoles en aquella colina. Cien pasos más y descansarían a la sombra de los olivos antes de proseguir. Había tomado parte en su primera batalla y todavía no había oído un sólo tiro. Sonrió, alargó un poco el paso, con cuidado para no salirse de la formación.
Menos de cincuenta metros le separaban del seto. En su mayor parte era de una planta desconocida para él antes de llegar a Andalucía; pero que ahora le era ya familiar. Verde y amarilla. De olor agradable. No era muy alto el seto; pero lo suficiente para dar una pequeña sombra ahora que ya había salido el Sol, ese terrible Sol de España.
Fue entonces cuando lo vio. Un pantalón, una pierna, un uniforme entre las ramas del arbusto. Fue entonces cuando oyó el grito, un grito salvaje en aquella lengua bárbara. Y fue entonces cuando vio ante él el muro de soldados que se había formado como por encanto, saltando como un resorte de detrás del seto.
¡Dios mío, qué cerca estaban! Casi podía tocar las puntas de las bayonetas. Fue sólo un segundo; pero en ese segundo reparó en sus gorros, el verde desvaído del uniforme, la cara del soldado que tenía enfrente y que le apuntaba, que le iba a disparar... ahora.
El agujero en la retama hacía buen servicio a José. A través de él veía avanzar la formación francesa. Primero había sido una mancha azul y blanca entre el verde oscuro de los olivos en las primeras horas de la mañana. Luego ya se distinguían los bultos de los diferentes soldados. A cada paso que daban se diferenciaban más detalles: los sombreros, las cartucheras, el cañón del fusil, la bayoneta en la punta, destellando bajo los rayos que se colaban entre las hojas de los árboles.
José se limpiaba el sudor de las manos en el pantalón y rodeaba con ansiedad la culata de su arma. Ahora su atención se centraba en los soldados que avanzaban hacia su posición. Casi frente a él destacaba un hombretón con mostacho. A la distancia a la que estaba se le veían ya las arrugas en el rostro. Debía de tener más de treinta años. Un viejo, parecido a aquél junto al camino hacía dos meses... A la derecha del bigotudo marchaba un soldado mucho más joven. Debía de tener la edad de José. Una nariz grande y ojos chicos, el gorro no le dejaba ver si era rubio o moreno. A la izquierda del veterano otro muchachito. Era muy delgado, y bastante alto. José le calibró por si tenían que llegar al mano a mano. Fibroso, más fuerte de lo que parecía; pero torpe; se le veía al andar.
José tenía experiencia en la pelea cuerpo a cuerpo. Era temido entre los mozalbetes de Baeza por la forma en que resolvía las peleas. No le hacía ascos a la patada en los huevos, el puñetazo en la boca del estomago o el dedo en el ojo. Si llegaba a las manos todos sabían que no pararía hasta que la sangre manchara el polvo. Alguno había en el pueblo al que las peleas con José le habían costado un diente de menos; y Genaro, el del Molinero, decía que desde que en una ocasión José le había clavado la uña en el ojo no había vuelto a ver bien. José sabía pelear, y por eso sabía que siempre te puedes encontrar a un rival que te venza. Aquel francés delgado, sin embargo, no sería ese rival. Podría con él. A José le parecía más peligroso el del bigote. Era mayor, pero seguro que se las sabía todas. Rodeó el fusil con la mano. Ahora estaban cerca, muy cerca. "Me cago en mi madre" -pensó- "cuando den la orden me cargo al del bigote, por mis huevos". Rechinaban los dientes en la angustia. Ahora no más de cincuenta pasos le separaban del grupo de franceses que subían por la colina. "Cojones, la puta orden" -pensaba.
Miró un poco hacia atrás, a la posición donde debía estar el sargento. "Se habrá dormido este cabrón" - decía para sí, casi entre dientes.
Al girarse la bota golpeó al soldado que se apostaba tras él. Un pequeño ruido; pero suficiente. José sintió cómo se le aflojaba el intestino y, casi al mismo tiempo, oyó la voz del sargento.
-¡Preparados!
En el silencio de la primera hora de la mañana, en la tensión de la espera, en el mutismo de aquellos cientos de hombres a punto de matar y morir, el rugido del sargento estalló como un trueno, brilló como un relámpago, mientras toda la primera fila, José entre ellos, se levantaba dirigiendo sus fusiles a la formación francesa.
Al ponerse en pie José se pudo dar cuenta de lo cerca que estaba el enemigo. Cuántas leguas habían recorrido aquellos franceses para llegar hasta allí, casi hasta el punto en que podían tocarlo. No dejó que el pensamiento le distrajera. "Me cargo al bigotudo, me cargo al del mostacho". Apuntó al pecho del soldado. Ahora le veía subir y bajar por el esfuerzo. Cuando José oyó la voz de fuego el dedo apretó el gatillo mientras fruncía el ceño y pensaba "vuela bala, vuela y parte ese pecho, atraviésalo y sigue hasta la siguiente línea. Vuela fuerte, bala amiga".
El disparo de la línea rompió el bosque. Los pájaros volaron mientras el humo subía desde los fusiles de la tropa. No sólo la compañía de José, sinto toda la brigada había disparado casi a la vez. Más de mil balas habían salido volando para atravesar, herir, matar, contener al muro de carne con el que los franceses pretendías conquistar la colina. Ahora José se agachaba; tarde, porque aquella primera acción de guerra en su vida le había dejado transpuesto, fuera de lugar, con los oídos zumbando y la cabeza llena de aire, como una esponja seca. Tarde porque durante un segundo sintió que él era el único hombre en toda la línea que permanecía de pie, retrasando la descarga de la segunda fila; tarde porque solamente se agachó cuando oyó al sargento gritar: "Jiménez, al puto suelo".
Pascal estaba vivo. Había oído la descarga, había cerrado los ojos y, como en tantas otras ocasiones, había musitado el nombre de Dios y de la Virgen. Había abierto de nuevo los ojos y seguía vivo y caminando. Ninguna bala le había rozado siquiera. Miró a derecha e izquierda. El muchacho de la izquierda estaba ileso, seguía a su lado, temblando. Miró a su derecha. Había un hueco. Con el rabillo del ojo pudo ver el cuerpo del soldado de su derecha tumbado boca arriba dos pasos más atrás de donde él estaba ahora. El disparo le había dado en la cara. No se movía. Debía estar muerto. Mejor para él. Mejor muerto que vivir sin cara. Jean-Baptiste se llamaba el zagal. De Normandía. Un lila, un gilipollas, un crío todavía. Ni un disparo había dado como soldado; aún no había robado ni una gallina ni follado a una hembra. Más inocente que una monja clarisa. Él, en cambio, un cabrón, un asesino, un ladrón, seguía vivo. Cosas del destino. Miró de frente. Ya estaba formada la segunda línea de españoles. Cerró los ojos, musitó el nombre de Dios y de la Virgen. Oyó la descarga. Abrió los ojos. Seguía vivo. Ahora estaba a menos de veinte metros del seto.
- Alto. Juntar la fila.
Era el sargento quien ordenaba, un poco a la derecha y detrás de él. Dio dos pasos a su derecha para cubrir el hueco dejado por Jean-Baptiste.
-Apunten.
El seto frente a él. Una nueva fila de españoles estaba ya preparada para disparar, a escasos veinte metros de donde él estaba. Se fijó en el muchacho que tenía enfrente. Barba de varios días, nariz ancha, gruesas mejillas. Le miraba directamente a él. Le apuntaba directamente a él.
Desde el suelo José oyó la descarga de la segunda fila. Ahora les tocaba de nuevo a ellos. Se levantó. Cogió el cartucho del bolso que colgaba de su arnés. Lo rompió tal como le habían enseñado, ayudándose de los dientes. Vertió la pólvora por la boca del cañón. Dejó caer la bala. Sacó la baqueta y se preparó para introducirla por el cañón del fusil. No miraba al enemigo, se concentraba en la operación de carga. "Ahora me dispararán, ahora me dispararán" pensaba; pero no miraba; se concentraba en hacer aquello que le habían enseñado. A la tercera consiguió introducir la baqueta por el cañón. Apretó la bala y la pólvora. Sudaba. Sacó la baqueta, la introdujo en el hueco preparado para ello en la parte de abajo del cañón del fusil. Lo hizo todo como le habían instruido. Ahora podía apuntar. Dirigió el fusil al grupo de franceses que tenía delante. Ya no avanzaban. Estaban parados y formados para disparar. Vio las decenas de fusiles que les apuntaban. La mano le temblaba. Aguardaba la orden. Buscaba un blanco, el muchacho alto y torpe. Ahora se cargaría a ese; primero fue el del bigote y ahora sería ese. Lo buscaba en el grupito que tenía enfrente. ¡Joder! Ahí estaba el mostacho del viejo de antes. Había fallado, no le había dado. Seguía entre los vivos, amenazante, apuntándo ahora a la fila en la que se encontraba. ¡Qué coño a la fila! ¡Le apuntaba a él! Creyó ver una sonrisa bajo el bigote, como si supiera que antes había sido a él a quien había apuntado. José movió un milímetro el fusil para que la línea del cañón se orientara de nuevo al pecho de aquel francés. "La orden, la orden" se repetía sin cesar acariciando el gatillo.
- ¡Fuego!
José apretó el gatillo y a la vez sintió el golpe del retroceso en el centro del pecho. Extrañamente el cielo y las nubes bajaron hasta colocarse ante sus ojos haciendo desaparecer olivos, franceses y seto. Se hacía de noche y absurdamente pensó que acababa de amanecer. No se dio cuenta de que estaba muerto.
Le habían dado, Pascal no tenía dudas. Un golpe en el costado y la humedad bajando hasta el pantalón. Un tiro un poco más abajo del pulmón. Se agachó. Ahora podía tumbarse, la herida no era grave, pero le justificaría, le evitaría participar en el asalto al seto.
Desde la hierba veía a sus compañeros cargando el arma de nuevo. Una nueva descarga se preparaba. Fue entonces cuando sonó la trompeta. Toque de retirada. Fin del trabajo por hoy. Mala suerte para él. Ahora tendría que volver al campamento corriendo con la bala en el costado. Joder, joder, joder. Se levantó apoyándose en el fusil y sin quitar la mano de la herida. Dolía. Miró por última vez el seto y se giró. Oyó una descarga a su espalda. Esta vez se había olvidado de decir el nombre de Dios y de la Virgen. Un golpe en la espalda y sus piernas habían desaparecido. Se cayó de bruces. Golpeó con fuerza en el suelo, pero no sintió ningún dolor. Sólo cuando se le llenó la garganta de sangre supo que se moriría allí, en aquel olivar, antes de que llegara siquiera la hora de comer.



Incluyo aquí el relato completo dedicado a la batalla de Bailén, incorporando los dos fragmentos que ya había colgado. Como explicaba en la primera entrada dedicada a este tema, la idea de escribir unas líneas sobre la batalla se fraguó en La Comunidad de El País, de común acuerdo con Mano Negra y Nekane.

viernes, 24 de octubre de 2008

La Rosa Blanca


El jueves, 18 de febrero de 1943, Hans y Sophie Scholl, hermanos y estudiantes de la Universidad de Múnich, se dirigieron al edificio principal de la Universidad portando en una maleta 1700 copias de un panfleto antinazi. Aprovechando el momento en que estudiantes y profesores permanecían en el interior de las aulas durante la clase de la mañana, distribuyeron sus panfletos por el edificio. Jakob Schmid, bedel de la Universidad, les descubrió y detuvo. Tras ser interrogados por las autoridades académicas, éstas les entregaron a la Gestapo. El lunes, 22 de febrero, cuatro días después de haber sido detenidos, fueron juzgados por traición y condenados a muerte. Junto con ellos fue también condenado a muerte Christoph Probst, estudiante de Medicina detenido el sábado 20 de febrero por estar implicado en la redacción y distribución de los panfletos encontrados a los hermanos Scholl.
El mismo día 22, a las cinco de la tarde, en Stadelheim, la prisión de Múnich, los tres condenados fueron decapitados. Habían pasado poco más de cien horas desde el momento en el que Hans y Sophie habían sido descubiertos por Jakob Schmid en el hall del edificio principal de la Universidad.
En la foto se pueden ver, de izquierda a derecha, a Hans Scholl (22.09.1918-22.02-1943), Sophie Scholl (09.05.1921-22.02.1943) y Cristoph Probst (06.11.1919-22.02.1943).
No sé la razón por la que me ha impresionado tanto esta historia, con la que me tropecé por casualidad hace unos días; pero, en cualquier caso, creo que merece la pena recordarla. En tiempos difíciles sus protagonistas tuvieron lucidez para identificar al mal, incluso en contra del pensamiento dominante; inteligencia para combatirlo con la palabra; sabiduría para renunciar a la violencia: valor para enfrentarse al poder y entereza para asumir las consecuencias de sus actos.
Recordándolos a ellos recordemos también a aquellos que con igual lucidez, inteligencia, sabiduría, valor y entereza se enfrentaron y enfrentan a la injusticia; pero sin la fortuna de ver a sus enemigos derrotados.



domingo, 19 de octubre de 2008

¿Quiere Ferrari que gane Hamilton?

Y es que si no es así no entiendo la estrategia de los de Maranello en la carrera de Shangai. Tal como está el campeonato lo lógico hubiera sido que Raikkonen hiciera la Q3 con poca gasolina para asegurarse la pole position. Con el sistema de calificación que tenemos desde hace unos años casi cualquier piloto puede conseguir la pole. Lo único que tiene que hacer es descargar el coche de gasolina. Si Sebastian Bourdeais, por ejemplo, en lugar de cargar gasolina el sábado para 23 vueltas hubiera cargado combustible para cinco vueltas hubiera hecho, previsiblemente, un tiempo en la calificación del sábado de 1.36.000 (cinco décimas más lento que en la Q2), lo que hubiera sido el mejor tiempo de la Q3, tres décimas más rápido que Hamilton.
Es claro que cargar gasolina solamente para cinco vueltas tiene poco sentido de cara a la carrera, pues un piloto que parara tan pronto se colocaría último tras el repostaje y, por tanto, con nulas posibilidades de hacer nada en la carrera. Ahora bien, si se juega con una estrategia de equipo las cosas pueden ser diferentes.
En Ferrari podrían haber cargado a Kimi con combustible para 10 vueltas. En esas circunstancias su tiempo en la Q3 hubiera sido de 1.36.200, aproximadamente. Una décima mejor que el de Hamilton. Tendría la pole position y desde ella debería haber intentado frenar a Hamilton. A Massa, en cambio, habría que haberlo cargado más. En la carrera paró en la vuelta 14, quizás hubiera sido aconsejable haber previsto la primera parada en la vuelta 17. En esas circunstancias el tiempo de Massa en la Q3 hubiera sido de 1.37.200, aproximadamente, colocándose en parrilla sexto.
A partir de ahí el desarrollo de la carrera está sujeto a impoderables, claro. En primer lugar, Kimi debería frenar a Hamilton, quien con un coche más rápido debería pelearse con el finlandés desde la primera curva. En segundo lugar, Massa debería seguir el ritmo de los de delante (para lo que debería adelantar a Webber en la primera vuelta). Si Kimi o Massa fallan en su trabajo se acabó la estrategia; pero si ambos cumplen con su tarea nos encontraríamos con que cuando Hamilton parase (vuelta 15) no tendría una ventaja significativa sobre Massa, pues solamente habría podido correr con aire limpio cinco vueltas (desde la 10 de la parada de Kimi hasta la 15 de su propia parada). En esas circunstancias no más de tres o cuatro segundos podrían separar al inglés del brasileño. Ventaja que Massa podría enjugar en las dos vueltas de más que tenía respecto a Hamilton. Además, mediante la ralentización de Hamilton podría conseguirse que otros pilotos se colocaran por delante suyo. El piloto que va poco cargado necesita abrir hueco para protegerse de quienes vienen por detrás con más vueltas en el depósito. Si no consigue abrir ese hueco el pelotón le engulle.
Son todo especulaciones, claro; pero con una estrategia así sería posible dar batalla a Hamilton. Con la estrategia seguida en la realidad todo quedaba en manos de la calificación del sábado. Si Massa conseguía batir a Hamilton (que se había mostrado más rápido que los Ferrari en la Q2) habría alguna posibilidad para el brasileño. De otra forma las cosas acabarían como han acabado: el inglés por delante de Massa y cada vez más cerca del título mundial.
Ahora nos toca esperar a la carrera de Brasil. Interlagos es territorio Massa. Allí gano en el 2006 y el año pasado hubiera ganado si no hubiera tenido que dejar pasar a Raikkonen para que éste se proclamara campeón del Mundo. Tengo el presentimiento de que este año volverá a ganar Massa. Si esto sucediera resultaría que Massa tendría seis victorias esta temporada frente a cinco de Hamilton ¿podría no ser campeón el piloto que no ha conseguido el mayor número de victorias durante la temporada? De acuerdo con la normativa vigente es posible tal circunstancia; pero me extrañaría que sucediese. Comprobaré cuando fue la última vez que pasó tal cosa.


domingo, 12 de octubre de 2008

Japón

Me ha gustado esto de la precrónica. Muestra a las claras que la Fórmula 1 es impredecible. Claro que si no fuera así ¿a quién le interesaría? En la precrónica había algunos errores debidos a mi desconocimiento y que, seguro, un especialista hubiera resuelto. Así, preveía que Alonso entrara a repostar en la vuelta 20 y lo hizo en la 18, también aventuraba que Kimi iría un poco más largo que él y en realidad respostó una vuelta antes. A Massa, a quien también hacía con más carburante que Alonso, paró en la misma vuelta que el asturiano. Sobre los McLaren nada podemos decir, porque Kovalainen rompió motor antes de desvelar su estrategia y el caótico inicio de Hamilton impide saber cuál era su estrategia original. Además, preveía que Alonso saldría con neumáticos blandos, cuando lo hizo con duros, seguramente por que la temperatura era más baja de lo previsto y, por tanto, los neumáticos más blandos funcionarían peor que en circunstancias normales.

Pero aparte de esto, incluso habiendo acertado las estrategias al milímetro, los primeros treinta segundos de carrera se hubieran encargado de ponerlo todo patas arriba. El caos montado por la desastrosa salida de Hamilton favoreció a Kubica (que salía sexto) y a Alonso, colocándolos al frente del pelotón. El incidente posterior entre Massa y Hamilton contribuyó a despejar el panorama, debiendo disputar ambos la carrera en la parte de atrás, sin posibilidades ya de luchar por el podio y casi ni por los puntos. Al final Hamilton decimosegundo y Massa octavo (un puntito). En eso quedó la lucha de los dos candidatos al título.

Y es que tengo la sensación de que el campeón de este año será el menos malo. A tres carreras del final del campeonato, los dos pilotos que se están jugando el trono de la Fórmula 1 demuestran que aún les falta un hervor. La salida de Hamilton está ahí para ver. Se duerme o no acierta con la ejecución del programa de salida y se ve superado por Raikkonen. Al final de la recta pretende arregrarlo frenando más tarde que nadie y sacando de la pista a los Ferrari. El resultado: él también se sale y, posteriormente, le sancionan por la maniobra. En fin, toda una muestra de templanza.
Y en cuanto a Massa, pues que su maniobra en el adelantamiento de Hamilton es también para guardar en la memoria. Da la impresión de que se desentiende de la conducción y va a por el inglés. Creo que merecería una sanción más dura que un drive through. Luego Massa fue rápido, pero no da la impresión de seguridad que se espera de un posible campeón del Mundo.

Y luego Alonso. Es claro que el R28 ha mejorado, y quizá en esa mejora esté también la mano de Alonso. Incluso aunque esto no sea así, sea cuestión exclusiva de los ingenieros, no cabe duda de que Alonso es un piloto que siempre consigue un poco más del coche. En Singapur encontró un set up que le convirtió en el coche más rápido del fin de semana. En Fuji, pese a no tener el coche más rápido supo colocarlo en cuarta posición en parrilla con una carga de combustible homologable a la de sus competidoras y luego sacar provecho de la salida. Una vez en cabeza su ritmo constante hizo el resto. En definitiva, una conducción de auténtico campeón con un coche inferior al de sus competidores.
En cuanto al Mundial, quedan dos carrera, veinte puntos y matemáticamente ya solamente pueden ser campeones Hamilton, Massa y Kubica (Kimi está a 21 puntos de Hamilton). Evidentemente quien lo tiene mejor es Hamilton, a quien le basta mantener cinco puntos de ventaja sobre Massa para ganar el título (a igualdad de puntos, y a falta de lo que pase en las últimas carreras, Massa sería campeón por tener una victoria más que Hamilton, cinco sobre cuatro). Pero claro, si Massa gana las dos carreras que faltan, Hamilton tendría que ser segundo en ambas para conseguir el título. Un doblete de Ferrari y una victoria de Massa, incluso con Hamilton segundo, supondrían que el título va para el brasileño. Esto quiere decir que Ferrari depende de si mismo para ser campeón (al igual que Hamilton) por lo que todo puede pasar. Y entre medias el renacido Renault de Alonso.

sábado, 11 de octubre de 2008

Precrónica de Japón

El otro día, mi amigo Justi proponía que escribiera la crónica del Gran Premio de Japón antes de que se celebrara. Podría ser divertido; algo parecido a aquél que escribía las reseñas de los libros antes de leerlos; y como soy muy osado; pues allá va:

El Monte Fuji es el gran protagonista del Gran Premio de Japón. Una montaña majestuosa que reina sobre el tiempo como un dios antiguo. Con el Monte Fuji a menos de quince kilómetros del circuito cualquier cambio meteorológico es posible. La lluvia puede llegar en cualquier momento, y -como hemos visto ya otras veces- lo que pueda pasar a partir del momento en que comience a llover es casi completamente imprevisible.

Si el tiempo no altera el escenario del drama nos vamos a encontrar con una lucha muy cerrada entre Ferrari y McLaren. Me da la impresión de que en esta ocasión a Kimi le han cargado poco. Es lógico. La estrategia ideal para Ferrari sería colocar a Kimi en la pole con poco carburante frenando a Hamilton en las primeras vueltas del gran premio, y a Massa con más combustible a las espaldas del británico. De esta forma Hamilton solamente dispondría de las vueltas de más que tuviera sobre Raikkonen para abrir hueco respecto a Massa. Si éste, más cargado, aguanta en pista dos o tres vueltas más que Hamilton sería fácil pasarle, pues el inglés no habría podido sacar excesivo hueco con el tapón de Kimi.

El resultado de la Q3 de hoy podría responder a este esquema; pero con el problema de que Kimi no habría conseguido superar a Hamilton, quizás porque este va también bastante descargado (solamente un segundo de diferencia entre su vuelta rápida en la Q2 y en la Q3). Además, Massa no ha echado la culpa al carburante de su mal resultado de hoy, sino que ha comentado que tuvo problemas con los neumáticos en el momento decisivo. Si esto es así resultaría que no iría mucho más cargado que Kimi y Hamilton, por lo que sus posibilidades de cara a la carrera descenderían bastante.

Así pues, tal como han quedado las cosas se prevé una salida en estampida de Hamilton. Si Raikkonen no puede con él en las primeras curvas es previsible que ambos se vayan del resto, porque Kovalainen, desde la tercera posición, debería tener la misión de frenar a Massa todo lo que pueda y más. Cuando comience el repostaje, allá por la vuelta 23, la ventaja de Hamilton sobre Massa podría estar ya por encima de los quince segundos; con lo que al brasileño sólo le quedaría pelear por el podio con Kovalainen y Alonso.

El panorama podría cambiar por un safety car, lluvia o un problema de Hamilton con los neumáticos. Se ha comentado que los neumáticos se degradan mucho en el circuito de Fuji, y que el estilo de conducción de Hamilton es especialmente duro con las gomas. Quizás esto pudiera hacer que Hamilton intentara una estrategia de tres paradas, como ya hizo en Turquía. Una estrategia que es peor que la de dos paradas, pero que podría resultar la única posible para su estilo de pilotaje. Si esto fuera así tendríamos una explicación para la facilidad con la que se ha hecho con la pole position, con un margen de más de cuatro décimas sobre su compañero de equipo; su coche iría cargado para parar hacia la vuelta 16, y no en el entorno de la 23, como harán los que vayan a dos paradas.

Si este fuera el caso para Hamilton (una estrategia de tres paradas), de lo dicho nada. Correrá como un demonio. En esas primeras vueltas sacará una ventaja sobre Massa de más de veinte segundos; pero cuando Hamilton salga de su segundo repostaje (en torno a la vuelta 31) estará detras de Massa y ahí seguirá hasta el final de la carrera.

¿Y Alonso? Yo creo que va descargado y que repetirá la estrategia de Singapur, quizás, incluso, con neumáticos blandos en el primer stint. A correr confiando en poder adelantar a Kovalainen en la primera vuelta gracias a su menor carga de combustible y sus neumáticos blandos. A partir de ahí hacerse un colchoncito para el momento en que entre a repostar (quiza en la vuelta 20) y esperar a ver qué pasa. Si consigue pasar a Kovalainen y los neumáticos blandos el aguantan esas veinte vueltas podría luchar por el tercer puesto (Hamilton y Raikkonen me parecen inalcanzables). De otra forma se verá metido en mitad del pelotón tras la primera parada en boxes y sufrirá con un tráfico que le impedirá hacer buenos tiempos.

Y si llueve, claro, todo cambia.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Singapur (la noche blanca y negra)

Ay, ay, ay... que me parece que me he equivocado. Apostaba por Massa frente a Hamilton en anteriores comentarios. Pensaba que el brasileño ya había agotado la mala suerte esta temporada; pero me equivocaba. En Singapur ha vuelto el cenizo a restregar su mano por la chepa de Felipinho y le ha dejado una cara de "no me puedo creer lo que está pasando" que es un poema.

Y es que sin la manguera dichosa otra historia se estaría contando. Hasta ese momento Massa había dominado a Hamilton. Puede que fuera más corto de gasolina que el inglés; pero ahí el safety car jugaba en su favor. Todos tenían que entrar juntos a repostar y, por tanto, la ventaja que pudiera tener Hamilton no serviría de nada. Quizás no hubiera ganado la carrera; pero en cualquier caso Hamilton se hubiera quedado detrás.
Pero todo se torció. La manguera se enganchó y Massa salió a la calle del pit lane con ella adherida a su vehículo. ¡Qué imagen! ¡Qué desesperación! Hasta ahí tuvo mala suerte Massa. No se podía querar parado allí bloqueando la calle de boxes. Tenía que seguir hasta encontrar dónde aparcar; y para su desgracia Ferrari es el campeón del año pasado, y eso implica que su box es el primero de todos. Si su box fuera el último podría parar inmediatamente y arreglar el entuerto. Como era el primero, tuvo que hacer un desfile de la vergüenza ante los ojos incrédulos de toda la familia de la F1. La carrera de los mecánicos de Ferrari tras el coche de Massa fue el complemento perfecto para una actuación ridícula de la escudería italiana. La imagen de Kimi estrellándose contra el muro en las últimas vueltas de la carrera sirvió de colofón a una noche negra para los de rojo. Sin excesivo esfuerzo, Hamilton obtuvo el premio de seis puntos más de ventaja sobre Massa.

Y ganó Alonso. En otro comentario apuntaba que cualquier safety podría tener como consecuencia de que un piloto del fondo de la parrilla con una estrategia arriesgada se viera favorecido. Como hay muchos pilotos que no tienen nada que perder es fácil que cualquier alteración del ritmo normal suponga que gane quien ha acertado con la estrategia adecuada para las especiales circunstancias del gran premio. En este caso el beneficiado fue Alonso. Si el safety car entra dos vueltas antes o tres después no le hubiera servido de casi nada al asturiano. Al producirse el accidente de Piquet justo tras el repostaje de Alonso, éste se encontró con la primera posición virtual, que se convirtió en real cuando entraron a repostar quienes iban a una sóla parada y se cumplieron las sanciones impuestas a quienes repostaron con el pit lane cerrado.
Lo anterior no quiere decir que Alonso no tenga mérito. Lo tiene, y mucho, porque en las primeras vueltas adelantó hasta cuatro puestos en un circuito en el que resulta muy difícil sobrepasar al coche que tienes delante y, una vez que se vio en las primeras posiciones, rodó con un ritmo constante y muy alto. Es claro que si no hubiera tenido el problema en la calificación y la carrera se hubiera desarrollado normalmente hubiera estado peleando por la victoria. Tras la calificación y en una carrera normal lo más probable es que hubiera acabado por detrás de la décima posición. El coche de seguridad permitió que alcanzara la primera victoria tras la del Gran Premio de Italia en 2007.

En fin, una noche blanca de luz en la primera carrera de Fórmula 1 nocturna, que fue luminosa para Renault y Alonso, y negra para Massa y Ferrari.
Lo de la noche blanca y negra fue tema de un comentario que hice en el blog de Lucía Angélica Folino hace unas semanas y aprovecho la coyuntura para colocar aquí aquel comentario con una mínima alteración, no sin recomendar antes una visita a dicho blog.

Rojo, verde, azul;
colores primarios
relucen bajo un cielo estrellado
en la noche blanca y negra
que iluminan tus muslos
acerados. 
Descansa la luna en ellos
y el reflejo tornasolado
de sus rayos
hace estallar campo y flores
¿Quien pudiera contar
lo que fue aquella noche,
clara como el día,
en que tus caderas fueron almohada
y compañía?
No recuerdo olores
no recuerdo sabores,
tan solo recuerdo colores
en la noche blanca y negra.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Gaiet y Oriour

Gaie et Oriour
(canción anónima francesa medieval)


Lou samedi a soir fat la semainne,
Gaiete et Oriour, seeurs germainnes,
main et main vont bagnier a la fontainne.
Vante l'ore et li raim crollent:
ki s'antraimment souef dorment.


L'anfes Gerairs revient de la cuitainne
S'ait chosit Gaiete sor la fontainne,
antre ces bras l'ait pris, souef l'a strainte.
Vante l'ore et li raim crollent:
ki s'antraimment souef dorment.


«Quant auras, Oriour, de l'ague prise,
reva toi an arriere, bien seis la ville:
Je remainrai Gerairt, ke bien me priset;
Vante l'ore et li raim crollent:
ki s'antraimment souef dorment.


Or s'an vat Oriour teinte et marrie;
Des yeuls s'en vat plorant, de cuer sospire,
cant Gaiete sa seeur n'anmoinnet mie.
Vante l'ore et li raim crollent,
ki s'antraimment souef dorment.


«Laise», fait Oriour, «com mar fui nee
J'ai laxiet ma seeur an la vallee.
l'anfes Gerairs l'anmoine an sa contree.»
Vante l'ore et li raim crollent:
ki s'antraimment souef dorment.


L'anfes Gerairs et Gaie s'an sont torneit,
Lor droit chemin ont pris vers la citeit:
Tantost com il i vint, l'ait espouseit.
Vante l'ore et li raim crollent:
ki s'antraimment souef dorment.


Versión (que no traducción) al español :


Gaiet y Oriur, las dos hermanas,
manos llevan entrelazadas,
camino de la fuente van.
Al viento las ramas se mueven,
quienes se aman tranquilos duermen.

Gerard mira cómo ellas pasan
y a Gaiet a la fuente llama
suave la coge y la abraza.
Al viento las ramas se mueven,
quienes se aman tranquilos duermen.


“Cuando agua bastante tuvieres,
la vuelta sola que hacer tienes:
Yo aquí me quedo, que él me quiere”.
Al viento las ramas se mueven,
quienes se aman tranquilos duermen.


Oriur sola y dolida viene.
Es a Gaiet a la que pierde,
y ella es su hermana, a la que quiere.
Al viento las ramas se mueven,
quienes se aman tranquilos duermen.


"Maldito el día en que nací.
A mi hermana –dice- perdí
y es con él que goza de sí".
Al viento las ramas se mueven,
quienes se aman tranquilos duermen.


Los amantes han regresado.
A la ciudad presto han llegado
y de inmediato se han casado.
Al viento las ramas se mueven,
quienes se aman tranquilos duermen.


jueves, 18 de septiembre de 2008

Ha nacido una estrella

Ya sé, ya sé, es un tópico; pero creo que esta vez completamente justificado. La victoria de Vettel en Monza no es una casualidad ni un fruto de la mera fortuna. Tengo la impresión de que dentro de muchos años los que hemos visto la carrera contaremos a quien nos quiera escuchar "recuerdo la primera victoria de Vettel en la Fórmula 1, fue en Monza, bajo el agua". Probablemente cuando contemos esto Vettel ya haya ganado algún título Mundial o, incluso, puede estar tranquilamente retirado, convertido en una leyenda del mundo del motor. Y los que tuvimos la suerte de ver, aunque sólo fuera por televisión, el Gran Premio de este domingo sonreiremos como hacen los que han sido testigos de algo histórico.

Se veía venir. El año pasado el muchacho ya protagonizó carreras muy buenas en agua. En China fue cuarto y en Japón estaba en posición de podio cuando un golpe por detrás le arruinó la carrera. Recuerdo la imagen del chaval (veinte años) llorando en su box tras aquello. Reconozco que entonces yo no pensaba que tardaría tan poco en conseguir acabar entre los tres primeros en una carrera; pero, vaya, el chico es bueno de verdad y a la primera oportunidad que ha tenido, ¡zas! a por la victoria.

Es grande lo que ha hecho Vettel. Ganar una carrera de Fórmula 1 es difícil, muy difícil. Solamente seis pilotos han conseguido ganar una carrera este año: los dos de Ferrari, los dos de McLaren, Kubica y Vettel. Y si sumamos a las catorce carreras de este año las diecisiete del años pasado nos sale que en esas 31 carreras solamente han ganado siete pilotos: los seis mencionados y Fernando Alonso. Las dieciocho carreras del año 2006 solamente añaden tres nombres a la lista: Fisichella, Schumacher y Button. Es decir, en 49 carreras solamente diez pilotos han podido ver la bandera a cuadros en primer lugar. Que Vettel haya ingresado en este club con un coche que no es puntero solamente puede explicarse porque nos encontramos ante un piloto muy sólido. Es cierto que tuvo su punto de suerte con la catástrofe de Raikkonen y Hamilton en la calificación y luego, ya en carrera, con el error que cometió McLaren al colocar neumáticos de lluvia extrema a Hamilton en su último repostaje; pero hay que estar ahí para aprovecharse de esas circunstancias y Vettel estaba. Chapeau por él.

Dentro de unos años lo único que recordaremos de la carrera será la victoria de Vettel; pero ahora conviene comentar un par de cosas más. En primer lugar la remontada de Hamilton. ¡Qué gran piloto! Este tiene sangre en las venas, está claro. Algún día tendrá un problema por esta manía suya de echar a la gente de la pista; pero es espectáculo puro.

De los pilotos de Ferrari mejor no hablar. En fin, en Maranello sabrán lo que hacen...

Y para acabar, la carrera de Alonso. Los comentarios han sido "gran estrategia de Renault", "acierta el equipo". No estoy muy de acuerdo. Renault había cargado el coche hasta los topes. El resultado de ello fue que en las primeras vueltas de la carrera Alonso destrozó los neumáticos, lo que le obligó a rodar muy lento. Un montón de coches le habían pasado en el momento de hacer el repostaje. Si los coches que paraban delante de él hubieran hecho lo lógico, poner intermedios, Alonso hubiera acabado del décimo para abajo. Tuvo la suerte de que casi todos los equipos fueron conservadores, calzaron neumáticos de lluvia extrema y eso les obligó a realizar una parada adicional. Gracias a esa parada Alonso adelantó los seis u ocho coches que le permitieron llegar a la cuarta posición. Estrategia inteligente hubiera sido haber cargado menos el coche para conservar mejor los neumáticos en la primera fase de la carrera. Estoy casi seguro que de esa forma Alonso hubiera acabado en el podio; pero bueno, siempre es fácil analizar a toro pasado.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Bailén, 19 de julio de 1808 (II)

José guardó otra vez la navaja en el bolsillo. Se echó en el suelo boca abajo y miró por el agujero que acababa de hacer en la retama que le servía de parapeto. Ahora podía ver a los franceses que subían olivar arriba. Ante sí distinguía a cuatro o cinco que marchaban casi hombro con hombro. Tras ellos aún se veía otra línea y quizás tras esta aún había otra. Desde allí no podía saberlo.

Agarró el fusil que tenía a su lado. Ya estaba cargado y con la bayoneta calada. Aún no había llegado el momento de disparar, pero quería tenerlo cerca. Los correajes, a los que aún no estaba acostumbrado, le molestaban al moverse en aquella posición poco natural. Sentía que la ropa le quedaba grande en algunos sitios y pequeña en otros. Le picaba la entrepierna y sentía el sudor en la espalda y en la frente, bajo el sombrero reglamentario que no osaba quitarse. Le dolían los riñones y los hombros.
Había pasado la noche en ese sitio, casi sin poder moverse. A derecha e izquierda más soldados de su compañía inmóviles, aguardando, sin poder levantarse para no descubrir su posición. Tras ellos, a pocos pasos, otra hilera de soldados que aprovechaba la protección de aquella línea de matorrales. No podían hablar para evitar descubrirse, por eso las órdenes pasaban de boca en boca, casi al oído: "cargar fúsiles", les habían dicho. Pensaba que la batalla comenzaría enseguida, su corazón se aceleró y repasó lo que debía hacer. A la orden de "preparados" debía ponerse en pie, apuntar y disparar. Agacharse inmediatamente para que pudiera disparar la segunda línea y, tras la descarga, sin esperar orden para ello, levantarse, cargar el fusil, sacar la baqueta antes de disparar -esto era importante, si no la retiraba, la baqueta saldría disparada, se perdería, el fusil sería ya inútil y, en caso de sobrevivir a la batalla, el sargento le daría una buena paliza- y disparar de nuevo.

Pero la batalla no empezaba, el fusil cargado estaba a mano, los minutos pasaban, el cielo comenzaba a clarear y la batalla no empezaba. Le picaban las piernas, la nariz... aquella inmovilidad le mataba. Claro, tenía dieciséis años, y a esa edad uno no está hecho para permanecer quieto. Cuando se incorporó al ejército de Castaños hacia un mes no pensaba que estaría tanto tiempo quieto. Se imaginaba que la mayor parte del tiempo se la pasaría matando franceses, que para eso se había alistado. En su imaginación los franceses morían de formas diversas: unos fusilados, otros estrangulados o ahorcados; la mayoría, sin embargo, caían bajo su navaja, y ahí, de nuevo, se abrían diversas posibilidades: cortar el cuello, rajar la barriga, hoja directa al corazón -cuando se sintiera misericordioso- o navajazo al ojo. Lo de navajazo al ojo, a su vez, permitía distintas continuaciones. Por un lado, enterrar la hoja en la cabeza hasta llegar a los sesos; por otro lado, profundizar lo justo para hacer saltar el ojo y repetir la operación con el otro ojo ¿qué sería más horrible, morir o quedarse ciego? Le daba vueltas a la cuestión mientras hacía guardia, cuando comía o mientras aparentaba escuchar a sus compañeros.

Podría pensarse que los pensamientos de José eran crueles; pero él no compartiría esta opinión, él no se consideraba una persona cruel. De hecho era uno de los chavales más pacíficos de su pueblo. Ni siquiera cuando era un zagal se había dedicado a martirizar lagartijas, gatos o perros, a diferencia de lo que era habitual entre sus amigos. Le disgustaba, incluso, tener que golpear a las bestias. Ocasiones hubo en que al castigar a un pollino remiso se le habían saltado las lágrimas. Ahora, sin embargo, se regodeaba en sádicos pensamientos dirigidos a seres humanos... bueno, a seres humanos exactamente, no; porque José diferenciaba entre franceses y el resto de la humanidad. Ni por asomo se le ocurriría clavar una navaja en el ojo de otro español, un italiano o un alemán. Con los franceses, sin embargo, era distinto. Cualquier persona de otra nacionalidad debería haber agraviado muy seriamente a José para llegar a mover la ira de éste; sin embargo, en lo que tocaba a los franceses bastaba la pertenencia a esta nación para que le inundara el deseo de causar mal. Era irracional -José lo sabía-; pero, a la vez, inevitable, ineludible.

En algún momento José había intentado apartar aquellas imágenes crueles de su cabeza; pero sucedía que en esas ocasiones las escenas de franceses asesinados eran sustituidas por el sol de aquella tarde de hacía un par de meses en que había tenido que recoger junto al camino el cuerpo desnudo de su hermana, cubierto de suciedad y sangre. Recordaba entonces el llanto de María y las risas de los soldados que se alejaban e, inevitablemente, su cabeza volvía a poblarse con escenas de muerte, mientras que con el pulgar repasaba el filo de la navaja, comprobando que estuviera lo suficientemente mellado como para causar el mayor dolor posible.